*I Premio de Relato Corto a nivel provincial organizado por el Ayuntamiento de Rota (1999).

*Premio al mejor relato publicado por la revista Nitecuento (2002).

 

*Publicado en el libro recopilatorio Jóvenes autores, editado por el Ayto. de Rota (2001).

*Publicado en el libro recopilatorio Relatos de la Mugre (2003).

*Publicado en el fanzine Er Bisho nº8 (1999).

*Publicado en el fanzine El Melocotón Mecánico nº7 (2000).

*Publicado en el fanzine Hojas de morera nº4 (2001).

*Publicado en la revista Nitecuento nº19 (2002).

*Publicado en el fanzine El Virus Púrpura nº15 (2003)

Ilustración:

Vito Sicilia, 2020.

©Héctor Espadas


 

¡Bang!

     Cogí lo que quedaba de mi brazo derecho del suelo y salí corriendo sin pararme a pensar; ¡lejos, lo más lejos posible! Oía gritos, llantos y explosiones. Todos disparaban sin saber a dónde ni a quién. Yo ya no podía. Yo ya no tenía brazo. Mirase donde mirase, veía fuego, humo, carne y sangre. Era una guerra y nosotros, los cascos azules, los estúpidos cascos azules, nos habíamos metido en medio, como el jodido Pedro por su casa. ¿Por qué me extrañaba que nos recibiesen a balazos? Pronto me cansé de correr. Me detuve en un oscuro callejón inundado de sombras en el que las fachadas se mantenían en pie a duras penas. Me quité el chaleco e improvisé un torniquete. Contemplé unos instantes mi brazo amputado y cuando no pude soportar más su presencia lo lancé lo más lejos que pude. La cabeza me daba vueltas, sentía los latidos del corazón en la frente.

     ¡Ojalá hubiese hecho caso al machista de mi padre! «El ejército no es para las mujeres». Miré mi hombro, la hemorragia parecía detenerse. La sangre había manchado mis cabellos y les proporcionó una tonalidad roja más oscura. Allí estaba yo, con mis veintiún años, sin brazo, escondida tras un coche carbonizado. Demostrando que las mujeres podemos morir igual que los hombres. No era justo tener que demostrarlo y tener que pagar ese precio para ello. Parecía un castigo por levantar la voz.

     El caos fue cesando, pero me negaba a salir de aquel escondite donde me había parapetado. Llegó un momento en el que pareció que ya no quedaba nadie, no se oía nada, tan solo el crepitar de algún fuego. A pesar del frío, fui quedándome dormida, pero no podía, probablemente no despertaría.

     Un disparo me espabiló. Sonó como si le hubiera dado a algo cercano. Me asomé, pero no vi a nadie. Tenía que comer y beber algo, había perdido mucha sangre. No me podía rendir, eso sería darle la razón a mi padre y a tantos otros. ¿Dónde estaban los demás cascos azules?, no podían haber muerto todos, éramos veinte y antes de salir corriendo solo vi caer muertos a cinco o seis. Seguramente los que seguían vivos estaban tan solos y perdidos como yo. Tendría que venir un grupo de rescate o algo de eso. Quizás no. No lo sabía. De todas formas, no me podía quedar allí, me tenía que atender un médico. El campamento base no estaba muy lejos, sin embargo, no sabía en qué dirección, estaba totalmente desorientada. Me puse en pie con la intención de descubrir el rumbo a tomar. Un balazo hizo que volviese al suelo. Un asqueroso francotirador. Tuve suerte de reaccionar a tiempo. Estaba sola, perdida y atrapada. Me habían hablado mucho de los francotiradores, aunque nunca creí que me fuera a topar con uno. Hombres que lo habían perdido todo o mercenarios que se vendían al mejor postor. En cualquier caso, gente desalmada cuya única función y dedicación era matar. A cualquiera. ¿Cómo se podía ser así? ¿Tanto odian a los demás? Intenté asomarme para averiguar sin éxito dónde se escondía. Otro balazo estuvo a punto de acertarme.

     Pasaron horas. El francotirador disparaba de vez en cuando para darme a entender que seguía allí y que no tenía prisa. Creo que me acostumbre a su presencia, a la presencia de la muerte. Solos los dos. Luego noté a alguien más. Ese alguien me tiraba piedrecitas. ¡Jerome! Cuando lo vi, me empezó a hacer señas. Estaba en la entrada al callejón. Jerome era un soldado francés muy simpático. Hablaba el español con ese acento tan romántico. Era el único con quien conversaba en mi tiempo libre, el único que me trataba con normalidad y no me hacía chanzas por ser mujer. Tenía veintitrés años y se iba a casar en primavera. Habíamos congeniado tanto que me había invitado a su boda. Vi cómo desenfundaba su pistola y se dirigía con cautela hacia mí, pegado a la pared. Lo perdí de vista. De repente, hubo un intercambio de disparos y luego, silencio. Un escandaloso silencio. Me temí lo peor. Pero no, apareció de sopetón a mi lado.

     —Ese cabrón está en la segunda planta, tercera ventana empezando por la derecha —dijo recobrando el aliento. Se percató inmediatamente de mi amputación y, sin decir nada, me abrazó, reconfortándome. Por primera vez en todo ese tiempo lloré. Luego, más calmada, descubrí su tez pálida. Quise preguntarle cómo estaba, pero las palabras no llegaron a salir de mí.

     —Me alegro de encontrarte con vida, chèrie.

     Me pareció bastante cansado, bastante agotado. Sacó una hoja de alguno de sus bolsillos y, diciendo que era un regalo, me la entregó. Sonreí. Me había hecho un retrato. Me había dibujado de cintura para arriba con el uniforme puesto. Solía decirme que mi cabello rojizo quedaba muy bien con el verde del uniforme y el azul del casco. Le besé la frente. Noté que estaba completamente helado.

     —Toma esto también —me dio otra hoja, escrita en francés que traduje mentalmente mientras leía.

     Estimados padres y amada mía:

     No sé por qué escribo estas líneas, ya sabéis que siempre hago las cosas por si acaso. Si recibís esto, significará que he muerto. Sentiré dejaros un vacío en vuestros corazones, no era mi intención. Lo siento. Perdonadme. Estoy seguro de que mis últimos pensamientos serán para vosotros. Adiós.

                                             Jerome.

     Confusa miré a Jerome. Entreabrió la boca para decirme algo, pero de sus labios sólo salió sangre. Señaló su estómago, el francotirador sí le había acertado. Una herida mortal. Iba a morir por mi culpa. Sollozando intenté pedirle perdón, pero el selló mis labios con su dedo índice y negó con la cabeza. Luego sonrió y me acarició el rostro.

     —No llores.

     Murió. Maldije al francotirador, maldije a los políticos, maldije a las religiones, maldije a toda la raza humana. ¿Es que nunca aprenderíamos a convivir? Cogí la pistola de la mano de Jerome y vacié el cargador disparando a donde supuestamente estaba el francotirador. Me quedé allí de pie, esperando una respuesta. No la hubo. Lloré y grité.

     Entre las ruinas apareció una niña. Apenas tendría quince años y seguramente había perdido a toda su familia. Le hice señas, me ayudaría a salir de allí. Abandonaríamos la guerra juntas. Cogí con aflicción la mortecina carta de Jerome y mi retrato, no podía cargar con su cuerpo. Sus ojos abiertos aun poseían pequeños destellos de vida, me miraron y parecieron alegrarse por mi supervivencia. Avancé hacia la niña y ella se detuvo. Me di cuenta de que llevaba algo en sus manos. Un fusil. Ella era el francotirador.

     —Espérame, Jerome —musité.

     Me apuntó sin vacilar. En la lejanía, creí oír la risa de mi padre. El silencio que nadaba por entre las calles se vio interrumpido por un ruido seco, como una especie de pequeña detonación.