Género: TERROR. Año: 2.020. Palabras: 3.530. Tiempo de lectura: 14 minutos a 250 ppm. Ilustración: Loles Romero, 2020.

Sinopsis: Rafa es contratado para descubrir quién usa un piso sin inquilinos ni muebles.


©Héctor Espadas


El caso del imposible hombre araña

     Ser investigador privado no es como lo pintan en las películas. Uno no termina asesorando a la policía ni apareciendo en la escena de un crimen con un par de cafés preguntando: «¿Qué tenemos?». Rafael Vejira Adama —Rafa— lo sabía perfectamente cuando abandonó la carrera de Informática y se apuntó al grado de Criminología. Le habían advertido que no tenía nada que ver con ser Sherlock Holmes, pero también que tendría más posibilidades de trabajar. Una ardilla podía recorrer España sin tocar el suelo saltando de una cabeza a otra de titulados universitarios en paro. Rafa a duras penas podía costearse la estancia y los estudios, y se negaba a volver al pueblo. La vida en la ciudad le gustaba, a pesar de todo. La jugada le salió bien y tal como acabó el grado, una aseguradora lo tuvo en prácticas y luego lo contrató. Lo cierto es que lo explotaron, pero aprendió mucho, tanto que, cuando lo despidieron, se envalentonó y se hizo autónomo.

     Abrió su propia oficina, en el salón del piso que alquilaba, con un cartel en el balcón donde se anunciaba. Tuvo que pedir permiso al ayuntamiento, a su casero y a la comunidad de vecinos, y no sabría decir quién le puso más impedimentos. Hasta la asociación de comerciantes del distrito quiso opinar sobre el tema, muy enfadados por no haberles avisado y por no haberse asociado aún y pagar la cuota. Todo eran palos en las ruedas. Rafa siguió adelante, aunque terminó siendo más una cuestión de orgullo que otra cosa.

     Los días festivos y las vacaciones se borraron de su cabeza, también los amigos. No tenía mucho trabajo, pero los ochocientos euros mensuales de gastos fijos, lo hacían abrir todos los días. Hasta que no cubría gastos, que solía ser muy a final de mes —dos o tres encargos—, no se relajaba. Sus principales clientes habían sido aseguradoras, incluida aquella en la que trabajó, y pequeñas empresas, pero también algunos particulares. Se podría decir que casi todo el trabajo consistía en monitorizar a gente —seguirla, vigilarla, espiarla— y la gran mayoría de personas resultaban muy aburridas, incluso en sus pecados. Defraudadores de seguros, morosos, ladrones, infieles, puteros, despilfarradores y fiesteros. A veces los propios clientes resultaban ser los pecadores; padres, parejas y jefes controladores. A estos había que sugerirles alguna excusa moral para quedar exonerados. «¿Cree que podría consumir drogas o estar robándole dinero?, ¿le preocuparía que…?». Rafa, no podía permitirse el lujo de rechazar clientes y había aceptado encargos desagradables, como confirmarles a unos padres que su hijo era gay o averiguar con quién se acostaba una mujer a petición de su exmarido.

     Manuela Hidalgo, sin embargo, no tenía el perfil de cliente habitual. La mujer, con aspecto de abuela bondadosa, estaba preocupada por su antiguo piso vacío. Tenía las sospechas de que alguien entraba en él, un escalador. Se había encontrado manchas inexplicables en el suelo en más de una ocasión, además del balcón y las ventanas abiertas. Su amiga y anterior vecina, Rosario, le había señalado que de vez en cuando escuchaba ruidos desde el piso inferior. El inmueble estaba justo en la acera de enfrente de la oficina de Rafa, en diagonal. Manuela se había fijado muchas veces en el cartel que tenía el investigador en su balcón cada vez que iba a su propiedad.

     —Pues lo tenemos fácil, pondré tres cámaras allí y…

     —Eso es lo que yo quería, cámaras. Yo es que no sé cómo funcionan y mi Antoñito ya no está… —expuso la viuda.

     —No se preocupe, como decía, pondré unas… —Rafa reflexionó un instante—. Un equipo de videovigilancia veinticuatro horas al día.

     —Y desde ahí otra, ¿no? —inquirió la mujer, señalando la ventana tras el joven detective—. Seguro que se ven mi balcón y las ventanas. Los dos son cuartos pisos.

     —Realmente no es necesario… —Rafa se interrumpió al ver que la mujer parecía decepcionada—. Aunque, claro, tampoco está de más y podría incluirle otra cámara sin aumentar el coste.

     —¡Ay, gracias! Yo estoy segura de que es un drogadicto que hace como el hombre araña y baja y se mete desde la azotea. El caso es que a la policía la he llamado ya dos veces y como no han visto nada y ni han forzado la puerta ni hay muebles ni nada que robar, pues ya no me hacen caso y los de las alarmas dicen que tengo que contratarlos un año y que no investigan a ver quién es.

     —No se preocupe, que lo vamos a descubrir y a mí solo me tendrá que contratar una semana.

     —Bueno, ¿y cuánto costaría?

     —Pues serían trescientos setenta y cinco euros más iva y cubriría una semana.

     —¿Y si aparece antes?

     —Seguro que lo hace, pero cobraría lo mismo, lo que hago es comprometerme a no coger otra videovigilancia en ese tiempo.

     —Ya —respondió pensativa la mujer—. ¿Y en pesetas cuánto es?

     Rafa abrió el navegador en su ordenador y buscó un conversor de moneda.

     —Pues serían unas sesenta mil pesetas, un poquito más.

     —Vaya, ¿y lo del iva tiene que ser?

     —Es que, si descubrimos a alguien, tendrá que presentar los videos como prueba y yo tendré que testificar y tendremos que demostrar que usted me ha contratado.

     —Ya. Bueno, pero me darás factura, ¿no?

     —Claro, señora, de eso se trata.

     Manuela no le dio mayor importancia al tema del dinero, por fin alguien la escuchaba. Sacó una vieja carpeta azul de su bolso y comenzó a sacar y desdoblar papeles. Había acudido más que preparada. Rafa escaneó la nota simple del Registro de la Propiedad, el DNI de Manuela y las dos denuncias a la policía. La mujer insistió en que “fotocopiara” también los recibos de luz, gas y agua, a pesar de que Rafa no vio significativos sus importes. Manuela no entendía que, estando el piso vacío, sin consumir nada, le cobrasen el dinero que cobraban, «Eso es que el hombre araña ese encenderá la luz y usará el váter». En unos minutos, Rafa imprimió el contrato, el acuerdo de confidencialidad y la protección de datos. Los firmaron ambos y Manuela entregó cien euros en metálico como señal. Rafa le dio un recibo. Luego bajaron y cruzaron la avenida.

     Visitaron a Rosario, que resultó ser otra anciana entrañable, a diferencia de su marido, que se limitó a levantar la mano y seguir viendo el fútbol mientras los tres charlaban en el umbral de la entrada. Rosario estaba de acuerdo con la teoría de su amiga; el hijo de esta, que había muerto hacía quince años, había sido escalador profesional y siempre les hablaba de lo fácil que era que un ladrón se pudiera colar por la ventana. Por eso tenían rejas a pesar de estar en un tercero. La mujer no supo concretar qué tipo de ruidos había oído ni exactamente cuándo, pero insistió en que le había dicho a su marido varias veces que subiera a ver, ya que tenían llaves, pero no le hacía caso. Se quejaba de que su cónyuge la ignoraba en todo. «¡Cualquier noche subo yo sola y que me pase lo que me pase!».

    Ya en el piso de Manuela, Rafa comprobó que, efectivamente, ni la puerta ni la cerradura tenían indicios de haber sido forzadas. Nada más entrar, el detective notó cierto mal olor que la viuda achacó a que el inmueble estuviera cerrado, sin embargo, al joven no le pareció eso, tenía un cierto regusto ácido. La mujer le enseñó la vivienda, indicándole quién había vivido en cada cuarto con el paso de los años y qué muebles había y dónde. El investigador dejó que la mujer se explayase mientras buscaba indicios de que alguien fuese por allí de vez en cuando a pasar el rato. Sus sospechas iniciales eran que algún nieto o adolescente de la familia iba allí a fumar porros o tener encuentros sexuales. Ya había tenido dos casos como ese. No encontró nada, salvo polvo y telarañas que prácticamente se deshacían al pasar la mano, sin embargo, el olorcillo pestilente —posiblemente a humanidad— y las manchas a las que había hecho referencia su clienta –seguro que de alcohol o refrescos— eran evidencias suficientes. Le pidió a Manuela que le dijese quién tenía o había tenido las llaves del piso, fuese de fiar o no. Para ella todos lo eran: familiares, amigos de toda la vida, inmobiliarias serias e inquilinos estupendos. Rafa fue apuntándolos todos en su tablet y luego sacó las cámaras del estuche en las que las transportaba. Mientras las colocaba, maravilló a su clienta explicándole que veían en la oscuridad, que detectaban el calor y el movimiento y que también captaban el sonido.

     Más tarde subieron a la azotea. Manuela estaba convencida de que no podía ser nadie de sus conocidos e insistía en que era alguien que se descolgaba desde allí hasta su piso, justo debajo. Se podía acceder fácilmente desde las azoteas colindantes y de estas a otras, aunque Rafa no se veía capaz de deslizarse por la pared y dudaba que alguien pudiese, al menos no sin un sistema de anclaje y equipo profesional.

     —Es complicado, señora. Tendría que ser Spider-Man, pero el de verdad.

     —Que no, que los chavales de hoy dan saltos por las paredes y esas cosas. Lo he visto en el telediario.

     —Bueno, ya lo descubriremos. Eso sí, con la cámara de mi oficina no puedo grabar la azotea. Solo las ventanas de su piso.

     —Yo hablo con el presidente de la comunidad y con los vecinos para que den permiso —dijo solemne Manuela.

     —No es eso, es que por ley… Que no se puede, vaya.

     A la mujer se le ensombreció el rostro.

     –Bueno, como no se la he cobrado, si alguien pregunta solo hay tres cámaras, en su piso, pero yo le grabo la azotea. Eso sí, todo en lo que no se vea al intruso, se borrará.

     Manuela asintió en silencio, trató de reprimir la alegría, pero abrazó a Rafa.

     Ya de vuelta en su despacho se tomó un trago rápido de wiski para celebrar que tenía un caso. Llevaba diez días sin ninguno y por el bien de su salud mental —y economía— empezaba a necesitar hablar con alguien que no fuera un comercial de alguna compañía telefónica o de posicionamiento en internet y hacer algo más que estar sentado en su despacho viendo un maratón de series. Su clienta no era una femme fatale, él no era un curtido detective y el wiski se lo había tomado en un vaso de los Simpson, pero tendría salvado el mes. Se sirvió más wiski y fue a la cocina para coger hielo y una lata de refresco. Mientras daba un largo sorbo, esta vez frío y refrescante, y se quitaba el mal sabor, miró de reojo la pila de platos, cubiertos y vasos sucios que se erguían en el fregadero. Sacó una pizza del congelador y la metió en el horno. A continuación, fue a por su vieja cámara mini DV, la colocó en la ventana al lado del balcón, tras su mesa, y la conectó a su ordenador. Sabía que se podía buscar un lio gordo por grabar así, pero también sabía que nadie se enteraría y que su clienta se había ido satisfecha.

     Unos minutos más tarde, Rafa devoraba la pizza viendo el telediario, al mismo tiempo que configuraba con su móvil las cámaras para que le avisara con una alarma si detectaban algo. Entonces, apareció Laura en la televisión.

     —Ya son tres las desapariciones de personas sin hogar que denuncian en este centro de acogida.

     Rafa no escuchó nada más, dejó de masticar unos segundos y una sonrisa iluminó su rostro. Poder seguir viéndola era una tortura y al mismo tiempo un deleite. Se había prometido no espiarla, pero no podía evitar ver todos los días las noticias esperando que saliera ella. Había pasado mucho tiempo, pero seguía añorándola. Ya nunca la veía recién levantada o resfriada, la veía como cualquier otro: siempre arreglada, profesional, vocalizando correctamente, perfecta. Eso no ayudaba a quitársela de la cabeza. Fantaseaba con que, al igual que en las películas, al fin un caso le sacase de la monotonía existencial y su transcendencia le llevara a recurrir a Laura, para destapar una conspiración, una red criminal o algo así.

     Cerca de las diez y media, el detective ya había conseguido fotografías de todos los que tenían o habían tenido acceso a llaves. Tan fácil como buscarlos en redes sociales. Si el intruso era alguno de ellos, lo podría identificar fácilmente. De repente, la alarma de movimiento saltó. Corrió hacia el ordenador y maximizó la ventana del programa de vigilancia, con la visión de las tres cámaras. No se veía nada raro y dio por hecho que se habría tratado de alguna brisa, al haber dejado abierto el balcón adrede. Confiaba en que la alarma no fuera a saltar por ello muy a menudo, aunque contaba con que fuera a pasar más de una vez.

     Esperaba zanjar pronto el caso y estar libre para otro posible encargo, pero no por ello iba a dedicarle menor atención o tratarlo con menor seriedad; pensaba pasar la noche en vela y la siguiente también, si hacía falta.  Era viernes y Rafa estaba seguro de que el intruso iría esa noche o a la noche siguiente. Los fines de semana hay mayor índice de consumo de drogas y encuentros sexuales.

     A las doce salió a su balcón a fumarse un cigarro y despejarse antes de empezar la siguiente temporada de True Blood. Le resultaba reconfortante asomarse a la avenida sin el bullicio diurno. Solo había taxis circulando y algún transeúnte solitario. Había observado miles de veces la fachada del bloque de Manuela y Rosario, pero aquella vez la escrutó a conciencia, como si por mirarla con los ojos entrecerrados fuera a descubrir algún detalle. Algo se movió en la azotea y Rafa pegó un respingo, cayéndosele el cigarro encima. Tras sacudírselo, corrió al interior y se abalanzó sobre el ordenador, aumentando rápidamente el zoom de la cámara que tenía a sus espaldas.

     Tras la baranda había movimiento, como si alguien estuviera haciendo algo allí agachado. De vez en cuando parecía asomar la cabeza, pero eran movimientos muy confusos. Un tipo emergió de golpe, ni los brazos ni la cabeza parecían responderles bien. Parecía estar totalmente borracho. No se trataba de ningún jovenzuelo, como creyó Rafa al principio, era un hombre cincuentón, barbudo y, a priori, no le sonaba haber visto su foto. Rápidamente capturó una imagen y la pasó por el reconocimiento facial, que dio negativo. No era ninguno de los que tenían llaves. Entonces el extraño se lanzó contra la baranda, chocó con ella y se quedó colgando bocabajo. Rafa pensó que iba a ser testigo de cómo aquel borracho se mataba, pero el tipo quedó suspendido en el aire, como si tuviera una cuerda atada a las piernas, y fue descendiendo a trompicones hasta el balcón de Manuela. Se introdujo en el interior y saltó la alarma de movimiento. Rafa la silenció y cambió la vista de cámara.

     El hombre se movía de manera antinatural, como si sus extremidades y cabeza estuvieran inertes y una fuerza tirase de su pecho, arrastrándose de cintura para abajo. Entonces se elevó hacia el techo y comenzó a desaparecer de cabeza a pies. A Rafa se le ocurrió pasar a visión calorífica y giró todo lo que pudo la cámara del salón. Había algo más en el techo junto al hombre, aunque no se distinguía bien. Algo enorme que parecía no emitir calor y se movía frenéticamente, envolviendo a su víctima en un capullo que lo hacía invisible. Cuando hubo terminado, pareció relajarse y se desplazó a la pared. Al detective se le hizo inconfundible aquella silueta. Era una tarántula gigantesca.

     Empapado en sudores fríos, Rafa se cercioró de que todo se estaba grabando correctamente y revisó las imágenes sobre la marcha para asegurarse de que aquello estaba pasando realmente. Cerró el balcón y bajó la persiana. El monstruo seguía sin moverse y Rafa se dirigió rápidamente al baño mientras se quitaba la camiseta. Metió la cabeza bajo el agua fría casi un minuto y regresó al salón tras vestirse de nuevo.

     La tarántula gigante e invisible era real, seguía ahí, pero ¿qué podía hacer? Desechó la idea de llamar a la policía, se reirían o se enfadarían con él. Tendría que ir con Manuela y las grabaciones a comisaría y, aun así, pensarían que era un montaje. Incluso la propia mujer podía pensar que había hecho él los vídeos para estafarla. Rafa vio el vaso con wiski y se lo terminó de un sorbo. Luego respiró hondo. Se tranquilizó pensando en que al menos no lo tenía cerca.

     Ligeramente más calmado, observó la imagen del salón y tras girar la cámara descubrió horrorizado que había dos o tres más de esos enormes capullos pegados al techo, seguramente con seres humanos dentro. Los vagabundos de la noticia de Laura. Había otro capullo en la esquina más alejada, mucho más pequeño. Rafa aumentó la imagen y resultó que, a diferencia de los otros, se vislumbraba que algo se movía en su interior. Decenas de crías aún en sus huevos, supuso. La cosa pintaba cada vez peor, treinta o cuarenta de esos demonios sueltos por la ciudad podían causar verdaderos estragos. Rafa cayó en la cuenta de que algún otro bicho había tenido que fecundar a ese o que quizá aquel era el padre, fuese como fuese, debía haber otro monstruo. Se dio la vuelta y miró por encima de su cámara, pero no atisbó ningún movimiento más en la azotea. Donde sí vio movimiento fue en el piso de Rosario. Volvió al ordenador y pinchó la cámara que tenía detrás, centrando la imagen en la ventana del salón del tercer piso.

     Rosario estaba en pie, gesticulando enfadada a su marido, que negaba con la cabeza, sentado en su sillón. La mujer desapareció unos instantes y reapareció enfundada en una bata y agitando unas llaves en las manos. Por un momento, Rafa pensó que esa era la solución; si ella y su marido desaparecían, la policía acudiría y terminarían descubriendo al monstruo, aunque costaría un par de vidas más. La mujer pareció disponerse a salir de su vivienda, pero entonces su marido grito algo que la hizo volver y ambos volvieron a enzarzarse en una discusión. Rafa recapacitó, Rosario no se merecía morir. No tenía tiempo de ponerse en contacto con Manuela y explicarle que tenía que llamar a su amiga para decirle que no subiera. Instintivamente, Rafa salió a toda prisa de su despacho, bajó los cuatro pisos a zancadas y cruzó la calle a lo loco. Se paró en seco en el portal y tomó aliento a la vez que llamaba insistentemente al telefonillo. A los pocos segundos, alguien descolgó, pero no se le conseguía oír.

     —¿Oiga? Soy Rafael, el investigador privado que ha contratado Manuela… He estado esta tarde en su casa… No suban al piso —dijo Rafa sofocado.

     La cerradura de la puerta zumbó y Rafa la empujó para entrar. Más sosegado, fue directamente al ascensor y pulsó el botón. La espera a que bajara se le hizo eterna y, cuando se abrieron las puertas, intentó no pensar en que, al ser invisible, la tarántula podría estar allí mismo. Si la puerta del piso de Manuela permanecía cerrada no correrían peligro. No les había pasado nada en todo ese tiempo. Le diría al matrimonio que había visto a alguien por las cámaras, trataría de hacerse con su copia de las llaves y volvería a atrincherarse en su despacho. Mientras subía pensó que quizá no sería mala idea contactar con Laura, tenía más probabilidades de convencerla a ella que a la policía o a Manuela.

     Al fin llegó al tercero, salió del ascensor y la puerta del piso del matrimonio se abrió lentamente. Era el hombre quien apareció ante Rafa.

     —Que le decía que mi mujer acaba de subir. Tráigala usted para abajo, haga el favor y a ver si la convence de…

     El anciano cascarrabias fue interrumpido por un grito de mujer en el piso de arriba, seguido de un golpe seco en el suelo, como si algo se hubiera desplomado. A Rafa se le hizo un nudo en el estómago y sintió un escalofrío.

     —¿Rosario? ¡Rosario! —gritó el hombre echando a correr tan rápido como podía escaleras arriba.

     No llegó muy lejos, algo lo cogió y lo lanzó de vuelta al punto de partida. Rafa tuvo que echarse a un lado para que no se lo llevara por delante. El detective se quedó mirando las escaleras, esperando notar algún leve cambio que le indicase dónde estaba aquella abominación. No distinguía nada, pero enseguida percibió el mal olor del piso de Manuela y escuchó un leve traqueteo. En un instante, empezó a notar lo que debían ser los retoños del monstruo trepando rápidamente por sus piernas hasta el pecho sin que le diera tiempo a reaccionar. Sintió un par de pinchazos y todo se volvió negro mientras las fuerzas le abandonaban y caía desplomado.