Género: TERROR. Año: 2.003. Palabras: 819. Tiempo de lectura: 3 minutos a 300 ppm. Ilustración: Olga Jiménez, 2020.

Sinopsis: Un niño tiene terrores nocturnos y su padre tratará de tranquilizarlo.


*Publicado en el libro recopilatorio Relatos de la Mugre (2003).


©Héctor Espadas


El hombre del saco

     Eran cerca de las nueve y papá vino a darme las buenas noches. Nunca me acostaban los dos a la vez, siempre lo hacía uno y luego venía el otro.

     —Mañana, excursión —me dijo sonriente mientras me acariciaba la cabeza.

     —Sí…—dije feliz.

     —Bueno, dejo que descanses. Acuérdate mañana de desayunar bien.

     Se despidió dándome un beso en la frente, apagó la luz y cerró la puerta. Era extraño, pero cuando la puerta estaba cerrada y la luz apagada, me daba la sensación de estar en otro sitio. Era un lugar parecido a mi cuarto, pero no lo era, como esos muñecos de Spiderman que se parecen a él pero no lo son y, a veces, son tan feos, que dan miedo. Era en un sitio oscuro como el fondo del mar y, aunque tras la puerta seguía estando mi casa y mis padres, parecía que estaban muy lejos. No había sido una buena idea pedirles que me compraran una lámpara de lava, las sombras se movían y eso hacía que muchas veces tuviera que fijarme bien si las cosas de ese cuarto habían cobrado vida o no. También me estaba cansando de mi despertador de las Tortugas Ninja, lo de los segundos sonaba muy fuerte por las noches, a pesar de que mis padres dijeran que siempre sonaba igual.

     Giré la cabeza hacia la derecha y miré la puerta del pequeño trastero. Allí estaban mis juguetes y, en noches como esa, en las que papá y mamá no veían la tele, se oían terribles gemidos y ruidos. Deseé con todas mis fuerzas que aquella noche no se oyera nada y, por suerte, pasó mucho tiempo así. Luego oí la risa de mamá, como si papá le hubiera contado algo gracioso y empezaron los ruidos. Eran los mismos de siempre, como muelles oxidados y alguien dando pasos de soldado dentro del trastero. Ya no oía a papá ni a mamá. De repente empezaron aquellos gemidos y creí que la puerta del trastero se iba a abrir.

     —¡Papá! —grité con todas mis fuerzas.

     Los ruidos cesaron repentinamente, como si el sólo hecho de invocar a mi padre los aterrase. En unos instantes, él estaba en mi cuarto y, con la luz ya encendida, me abrazaba y escuchaba mis explicaciones.

     —Pero tranquilo, el hombre del saco no existe —dijo simulando una sonrisa.

     —Sí, sí que existe. ¡Yo lo oigo! Es cuando la puerta está cerrada y os vais lejos —traté de explicarle.

     Entonces mi padre me guiñó el ojo y se me acercó al oído para susurrarme: «Bueno, pues si existe, yo lo cazaré. Vamos a engañarlo». Acto seguido se levantó y se dirigió hasta mi puerta.

     —Bueno, hasta mañana —dijo en voz alta, como si en vez de a mí, se lo estuviera diciendo a alguien más.

     Luego apagó la luz y cerró la puerta, quedándose dentro de mi habitación, mi “otra” habitación. Se sentó en la esquina entre la puerta del cuarto y la del trastero y se llevó el índice a los labios, indicándome que guardara silencio. Seguía siendo el otro cuarto, pero, al estar él allí, ahora parecía más guay. Ya no me daba miedo ver moverse ninguna sombra, me divertía. Enseguida me entró sueño, mucho sueño, tanto que cuando el tictac empezó a sonar alto, ya no tenía fuerzas para decírselo a papá.

     Cuando estaba a punto de dormirme, los ruidos del trastero comenzaron una vez más y miré con los ojos como platos a mi padre. Él no me miró, pero puso la cara que ponía cuando el mando de la tele no funcionaba. Se puso de pie y dio dos pasos, hasta quedar delante de la puerta del trastero. Los gemidos empezaron y mi padre, sin pensárselo dos veces, abrió la puerta del trastero.

     La luz de la lámpara de lava no parecía llegar allí, los ruidos subieron un poco de volumen y yo comencé a estremecerme en la cama.

     —¿Papá?

     Papá se giró y puso de nuevo el dedo delante de su sonrisa, como si no quisiera que lo sorprendiesen porque estaba a punto de gastar una broma. Entonces algo brilló dentro del trastero y escuché un pequeño silbido. Un segundo después la cabeza de mi padre salía volando hasta chocar contra la lámpara de lava, haciéndola añicos. Todo se envolvió en oscuridad. Fui incapaz de reaccionar, me quedé petrificado mirando la forma negra en el suelo que era la cabeza de mi padre. Algo salió del armario y al andar hizo aquellos ruidos extraños que se oían en el trastero. Muelles viejos y oxidados. Avanzó hasta la cabeza de mi padre, la cogió y la metió en un saco que arrastraba, donde parecía llevar más cosas. Luego volvió al trastero haciendo los mismos ruidos y cerró la puerta tras de él.

     Comencé a gritar sin tener ni idea de cómo explicarle a mi madre lo que había sucedido.