Género: CIENCIA FICCIÓN. Año: 2.020. Palabras: 3.738. Tiempo de lectura: 15 minutos a 250 ppm. Ilustración: Javier Sánchez, 2020.

Sinopsis: Fran pasa el verano con la familia de su amigo Jose Miguel en un campo en el que desaparecen cosas.


©Héctor Espadas


El ladrón de tangas

     Los veranos en familia pueden ser agobiantes, sobre todo si no se trata de la tuya. Fran no estaba acostumbrado a que el baño estuviera siempre ocupado, a tanto grito, a la radio y a la tele sonando a la vez, a no estar ni un instante solo. Era hijo único de padres separados, con un tío que apenas pisaba España y un abuelo que había decidido mudarse a una residencia en Valencia. En algún momento, la idea de irse con José Miguel —su compañero de piso— al campo le había parecido un gran plan, pero estaba resultando el peor verano en sus veinte años de existencia. La presencia de las primas de José Miguel había pasado de ser el principal aliciente a convertirse en una tortura, ya que, con tanto familiar, se sentía intimidado. Llevaba cuatro días mirando al suelo o a José Miguel, no quería que los ojos se les fuesen hacia ellas. Aparte de las primas, había una tía —carnal o política, Fran no se aclaraba y no quería preguntar— de algo más de treinta años que siempre iba en bikini y nunca se tapaba. Su marido iba también siempre en bañador, sin camiseta, luciendo una enorme tripa cervecera que, al igual que los pechos de su mujer, desafiaba la gravedad. Al cuarto tinto de verano empezaba a contar anécdotas graciosas de la familia y Fran se veía obligado a forzar una sonrisa mientras todos reían a carcajadas. También estaba la manada de niños asilvestrados, algunos sin sus padres, que lo mismo te empapaban con sus pistolas de agua que te preguntaban si te gustaba alguna de las primas. Otro martirio era el tema de las duchas. Como solo había un baño, los hombres se duchaban en la ducha de la piscina, abastecida de agua de pozo, o sea, literalmente helada. Aun en la tarde más calurosa te dejaba tiritando.

     Fran necesitaba unas vacaciones de sus vacaciones, de aquellos días interminables, y se las habían concedido. Alguien al que todos se habían referido por «el primo» había fallecido y todos acudieron al velatorio, dejándolo solo. El muchacho estaba en la piscina, se acababa de comer una hamburguesa y, por fin, estaba fumándose un porro mientras escuchaba el cantar nocturno de los grillos. José Miguel le había prometido que por las noches podrían fumar y que seguro sus primas se apuntaban e irían a dar paseos por los alrededores, pero, al final, nada de nada. Ni siquiera le habían devuelto el follow en Instagram ni en Twitter. Para colmo, esa misma mañana, antes de marcharse, había escuchado a Lola —la tía atractiva— comentarle a Noelia —una de las primas—, que le había desaparecido un tanga.

    Aún le quedaban seis días en aquel infierno, pero Fran pensaba marcharse cuanto antes. Por suerte había cogido el billete de autobús con la vuelta abierta. No quería pasar más tiempo allí sabiendo que pensaban que era un cerdo robatangas. Era el único sospechoso, hasta él mismo hubiese dicho que había sido él. Sin duda era un guarro, llevaba desde el primer día intentándose masturbar sin éxito, pero no había robado ningún tanga. No era uno de esos fetichistas que olisqueaban ropa interior y, el hecho de que pensasen que lo era, fue el detonante que le hizo decidir marcharse. Aprovecharía todo el jaleo del muerto para quitarse del medio. Quería olvidarse de todo aquello y que las primas y la tía de José Miguel se olvidaran de él. Por suerte no las volvería a ver después de aquel verano. Aquella última noche Fran se había dispuesto a disfrutarla, aunque solo fuera para fumar, hacerse al fin una paja tranquilo y dormir sin escuchar ronquidos ni pedos.

     Dejando a un lado todo el tema familiar, aquel sitio era magnifico. Fran ya le había recriminado a José Miguel que aquello no era para ir en plan familia y que tenían que organizar algo con amigos. Era un sitio enorme, de unos dos mil metros cuadrados, con una casa en una sola planta de cinco dormitorios amplios, un gran salón con chimenea, una cocina pequeña y un solo baño. La piscina estaba detrás, rodeada por un alto seto de pinos, con una parte con unos columpios y un banco de cemento. También había una superficie asfaltada irregularmente al lado de la casa en la que cabían cinco coches perfectamente y un pequeño establo lleno de herramientas y trastos. El sitio estaba pegado a la autovía y en sus cercanías, solo había viñedos. Podrían hacer unas fiestas tremendas a todo volumen.

     Fran le dio una calada al porro y lo depositó con cuidado en el cenicero sobre su pecho, estaba tumbado en un unicornio hinchable que flotaba a la deriva. Contemplaba las estrellas en silencio. Sin todo el jaleo familiar se escuchaba a los coches en la autovía y era un sonido relajante, como el de las olas del mar. «Así, sí», repetía mentalmente el muchacho una y otra vez. Había dejado de tratar de identificar constelaciones y se deleitaba mirando el cielo estrellado sin más. Aquella tranquilidad era embriagadora. Una estrella fugaz cruzó el firmamento y Fran se dio cuenta de que se estaban formando nubes. En vez de pedir un deseo, le vino a la cabeza la anécdota que había contado Luis, el marido de Lola, la espectacular tía de José Miguel, sobre un supuesto meteorito —o algo así— que cruzó el cielo hace unos años y se estrelló en el río, sin dejar señales y sin que ningún medio se hiciera eco. «Sería algo militar y lo limpiarían todo al momento».

     Un ruido alertó a Fran. Al incorporarse rápidamente, el unicornio casi volcó. Agarró el cenicero y el porro como si la vida le fuera en ello y volvió a su postura inicial, para seguir flotando en relativo equilibrio. Se quedó mirando la reja de entrada a la zona de la piscina, esperando ver algún movimiento, pero no vio nada. Esperó unos segundos y se tranquilizó. Habría sido algún bicho, al fin y al cabo, estaban en el campo. La familia de José Miguel pasaría toda la noche en el velatorio, además José Miguel le habría avisado si algún familiar volvía por cualquier razón, para que no lo pillase fumando o masturbándose. Su móvil estaba en el banco, a unos cuantos metros de él, pero en aquel silencio hubiera escuchado una llamada, incluso un mensaje. Se relajó, volvió a acomodarse y dio una profunda calada. Justo antes de expulsar el humo, apareció Lola, sosteniendo sus tacones con la mano izquierda y desabrochándose el vestido con la derecha. En un segundo se quedó en ropa interior. Se percató de que Fran estaba allí y trató de taparse. El muchacho se movió nervioso mientras echaba el humo y terminó cayéndose. Sin saber cómo, llegó al borde más cercano, con el cenicero en una mano y el porro en la otra. Lola había corrido a ayudarlo.

     —¡Ay, perdona! Es que pensé que estarías ya en la casa, durmiendo o viendo una película, y me iba a duchar aquí para no molestar. Es que me ha vomitado el niño de la Rosi —dijo atropelladamente la mujer mientras ayudaba a Fran a salir del agua.

     —No, qué va, perdona tú, es tu casa. Yo es que estaba… —Fran se sentía terriblemente incómodo y avergonzado.

     —Anda, eso no es un cigarro —señaló la mujer sonriente.

     —Sí, lo que pasa es que se ha mojado.

     Lola lo cogió y lo observó, sosteniéndolo a la altura de su pecho.

     —A mí no me engañas —dijo Lola golpeándole suavemente el hombro—. ¿Sabes qué? Yo no diré nada, pero hazte otro, que quiero dar unas caladas. Hace mil que no fumo y me va a venir genial. Llevamos cuatro horas ya allí y me queda toda la noche.

     Durante una milésima de segundo, Fran fue incapaz de responder. Se había quedado absorto por la visión de los pechos de Lola. La mujer había soltado el vestido para ayudarle y ya no se tapaba. El sujetador era muy fino y se le transparentaban los pezones. No lo pudo evitar; al mirar el porro mojado en la mano abierta de Lola, se le fueron los ojos. Llevaba días controlándose, pero aquello lo había pillado de improviso. Lola le devolvió el porro mientras se tapaba con el otro brazo.

     —Perdona. Me voy y… —empezó a decir Fran mirando al suelo y echando a andar. Lola lo agarró por el brazo.

     —No, tranquilo. No pasa nada —dijo la mujer volviendo a sonreír—. Pero hazte otro, porfa. Hazlo aquí, me voy yo dentro.

     Fran se quedó paralizado viendo cómo Lola se alejaba contoneándose ligeramente. Era la primera vez que podía fijarse sin miedo alguno en los cuerpos de las mujeres que había allí. Cuando llegó a la altura del vestido, se agachó a recogerlo y algo estalló en su mente de joven calenturiento. Lola se incorporó y ladeó ligeramente la cabeza mirando a Fran de reojo. El muchacho se puso nervioso de nuevo y no supo hacer otra cosa que girarse, dándole la espalda y cerrar los ojos.

     Aquello no podía estar sucediendo. No es que se quejara de ver a Lola en su plenitud, pero era la tía de José Miguel, no una de sus primas. Estaba casada y tenía dos hijos pequeños. Hasta ese momento nunca le habían llamado la atención las mujeres mayores. Todo el mundo hablaba de las milfs, aunque Fran no había terminado de encontrar atractivas esas caderas ya dadas de sí ni esos pechos inconmensurables ni esas arrugas en los ojos al sonreír. Hasta ese verano. Volvió a girarse y descubrió aliviado que Lola ya no estaba. Suspiró, dejó las cosas en el suelo y se metió debajo de la ducha. Necesitaba un jarro de agua fría, helada.

     Un par de minutos después, estaba tiritando en el banco con la toalla echada sobre los hombros, haciéndose un porro como podía. Escuchó a lo lejos lo que parecía un trueno y se extrañó. Miró el cielo, estaba bastante nublado, pero seguía haciendo un calor sofocante, aunque en esos momentos estuviera pasando frío. Terminó de hacerse el porro y consultó en su móvil la aplicación del tiempo. No indicaba lluvia. Ya que estaba, verificó que ni José Miguel ni ningún otro le había escrito o llamado. Fran pensó en mandarle un mensaje a su amigo, pero no sabía cómo abordar el tema de su tía. Quizás sería mejor, como decía Lola, no decir nada. Entonces se dio cuenta de que, desde que se había sentado, había pasado por alto un sonido muy característico. La ducha del baño de la casa. Había olvidado que la ventana siempre estaba entreabierta y daba justo a la parte del seto que estaba a su espalda.

     —Mierda —dijo cerrando de nuevo los ojos con fuerza.

     Volvió a suspirar, se puso en pie y fue hacia el seto. ¿Cómo no hacerlo? La ventana, excesivamente grande para ser de un baño, estaba a tres metros de los ojos de Fran. La sombra de la mujer se proyectaba a la perfección, delimitando sus curvas con detalle. Fran no podía más. A pesar de la ducha fría, se había empalmado y sabía que seguiría así toda la noche si no hacía algo al respecto. No podía disimular con el bañador y Lola se daría cuenta con facilidad. Tenía las hormonas a flor de piel. Cuando quiso darse cuenta, ya se estaba masturbando.

     Se imaginó a Lola duchándose allí en la piscina frente a él y ya puestos, fantaseó con que sus sobrinas también habían regresado y se apuntaban a la fiesta. Las tres tan solo con tangas, bajo los chorros de agua helada. Fran sabía que a duras penas podría con una, pero, en su ensoñación, se lo hacía con las tres durante toda la noche, sin parar. Sin parar al menos los tres minutos que le duró la paja. Eyaculó y soltó una especie de bufido. Estaba tan cerca del seto que, al moverse, una ramita le rozó las partes. Reprimió un grito como pudo y se dejó caer al suelo, con las manos entre las piernas. Luego se observó con cuidado, tenía un pequeño raspón, nada más, pero le dolía a rabiar. Ya no se oía la ducha, Lola ya no estaba en el baño.

     —Pero ¿qué estás haciendo? —preguntó Lola que apareció con una toalla liada al cuerpo y otra a la cabeza.

     —No, nada, nada —respondió nervioso Fran, sacándose las manos del bañador en incorporándose. —Es que he meado ahí en el seto y me he pinchado.

     —Ah —Lola no parecía muy convencida—. Es que se mea en el baño.

     —Ya, pero como estabas tú…

     —Bueno, ¿te has hecho sangre o algo o qué?

     —No, no, bueno, un arañazo, no es nada. Pero duele.

     —Échate betadine o algo, ¿no?

     —No, no, está bien.

     —Vale, tú sabrás. En fin, ¿y ese porro?

     No habían cruzado muchas palabras esos días, aunque la conversación entre ambos surgió con naturalidad. Comenzaron hablando de Juego de Tronos, la serie del momento, luego del cambio climático, la independencia de Cataluña, la corrupción política y vuelta a Juego de Tronos. Fran se relajó bastante, haber liberado tensiones ayudaba. Lola era simpática, era una mujer veterana de la vida que simplemente quería echarse un porro a escondidas. Por suerte para Fran, no buscaba nada más. No hubiese sabido qué hacer con tanta mujer. Ella tonteó un poco haciendo algún comentario o pregunta incómoda, pero solo por ver sufrir al muchacho y sentirse poderosa de una manera ligeramente sádica. Vieron de refilón lo que parecía el flash de un móvil y se escuchó de nuevo un trueno, esta vez más cercano y retumbante.

     —Vaya, hombre, tormenta —dijo Lola poniéndose en pie mientras comenzaba una ligera llovizna.

     —Pero si hace calor y el tiempo no ponía que fuera a haberla —protestó Fran.

     —Así son las tormentas de verano, ¿no has visto una nunca? —replicó la mujer inquieta al ver que el muchacho no se ponía en pie.

     —No, pero suponía que haría frío y eso…

     Fran no terminó de hablar cuando cayó otro relámpago, se oyó un trueno mucho más potente y empezó a llover con fuerza. Lola agarró con firmeza el brazo del chico y tiró de él.

     —¡Vamos para adentro!

     Entre el silencio y la oscuridad, el interior de la casa parecía otro. Aun cuando Lola encendió las luces, Fran siguió teniendo esa sensación de estar en otro sitio, quizás influido por los porros. La mujer se metió sin decir nada en su cuarto, dejando la puerta entreabierta, y Fran se quedó de pie en el salón, sin saber muy bien qué hacer.

     —No, sigo aquí… Claro, por eso te llamaba… No, si la tormenta para rápido, voy… Pues no sé, creo que durmiendo, la puerta del cuarto está cerrada… Vale, no te preocupes, un besito —susurró Lola, aunque en todo aquel silencio se la escuchaba perfectamente.

     Ese «no te preocupes» inquietó al muchacho. Lo diría por lo del tanga. Luis estaría inquieto porque su mujer se encontrase a solas con un chaval que le había robado un tanga. Toda la familia de José Miguel pensaría que Fran era un depravado. Definitivamente tenía que irse de allí y se alegró de haber planificado ya la excusa, preparando incluso un intercambio de mensajes ficticios con su madre en el móvil, por si tuviera que recurrir a enseñarlos.

     —¿Qué haces ahí de pie? Vamos a fumarnos unos pitis, ¿no? —sugirió la mujer tras salir del cuarto—.

     Fran se quedó de nuevo como un cervatillo cegado por los faros de un coche. Lola se había puesto uno de esos camisones cortos de cuello ancho y sin mangas que solía vestir por las noches, solo que era evidente que aquella vez no llevaba un bikini ni nada debajo. Ella sabría que se le podía ver todo y que Fran no podría reprimir mirar. A Lola tal vez le hacía gracia aquello y encontraría retorcidamente adulador, percibir a Fran no como una amenaza, sino como un perrito que se le enganchaba a la pierna y que  ella se lo quitaba de encima entre risas. Fran se sintió así, como un alfeñique en manos de Lola; nunca antes se había sentido tan poca cosa. La mujer sonrió.

     —Venga, que yo quiero estar en mi pompa, como tú —dijo Lola, dándole un pequeño empujón a Fran y dirigiéndose luego a la cocina.

     El joven se sentó a la mesa, le dio una última calada al porro que aún conservaba, lo apagó y se puso a hacer otro. Estaba seguro de que Lola, en cualquier momento, le sacaría el tema del tanga, solo para ver cómo se moría de vergüenza ya del todo. Querría recuperarlo y, si creía que lo tenía él, se lo pediría. Aquella situación era insostenible y, encima, sintió que empezaba a tener otra erección.

     Lola volvió con dos botellines de cerveza y una lata de aceitunas. Se inclinó para dejar las cosas sobre la mesa y Fran no pudo evitar mirarle los pechos. La mujer se percató y se sentó sonriendo.

     —¿Qué pasa? —preguntó ligeramente sonrojada.

     —Yo no te he cogido el tanga —dijo Fran de manera abrupta.

     —¿Qué? ¿Qué tanga?

     —Te escuché decirle a Noelia que te había desaparecido uno.

     —¡Ah! Aquí desaparece ropa desde hace tiempo, tranquilo. Será un pájaro o qué se yo.

     —¿No pensabais que era yo?

     —No creo que nadie se lo hubiese planteado —respondió Lola riendo, viendo el agobio del chico.

     —No tiene gracia, creí que pensabais que era un… —Fran no supo qué palabra utilizar.

     —¿Un guarrete? —sugirió Lola riéndose con más fuerza —. Bueno, si te sirve de consuelo, aunque no hallas sido tú, pensamos igualmente que eres un guarrete, ¡todos lo sois! Hace un momento me estabas mirando las tetas —expuso Lola risueña.

     —Bueno, eso es una cosa y otra robar ropa para olerla o lo que…

     —¡Uy! No me había dado cuenta, ¡la ropa está tendida! —interrumpió la mujer.

     Fran se levantó al ver que Lola también lo hacía. Se dio cuenta que se le notaba la erección y se giró levemente, tratando de disimular.

     —Voy yo un momento, te acabas de duchar —se ofreció el muchacho.

     —Bueno, pero no me vayas a robar ningún tanga.

     Fran se apresuró, parando en el baño para coger el cesto de plástico que utilizaban para llevar la ropa. Abrió despacio la puerta de la casa y se encontró con que estaba cayendo una tormenta tremenda. Iba a ponerse perdido, pero no le importaba. Cualquier cosa era mejor que estar pasándolo mal con Lola. Odiaba empalmarse si no había posibilidad de satisfacerse, era una sensación horrible, similar a cuando estás hambriento y te ruge el estómago. No iba a hacerse una paja bajo la lluvia ni tampoco iba a pasar un rato sospechoso en el baño. Había cargado bien el último porro y confiaba en que Lola estuviera dando buena cuenta de él, que tuviera sueño cuando volviese y decidiera acostarse. Así Fran podría hacerse otra paja tranquilo e ir a dormir también. Las que pintaban como sus mejores vacaciones habían terminado convirtiéndose en las peores.

     Se quitó la camiseta antes de salir y se encaminó tranquilo hacia el tendedero, tras la casetilla donde la familia guardaba un par de viejas motos y unas bicicletas, al lado del pozo. Era estúpido ponerse a correr, iba a empaparse igualmente y podría resbalarse o tropezar. Además, el agua era agradable. No estaba especialmente fría, pero si lo suficiente como para refrescarse. La erección fue disminuyendo. Según llegaba a la zona, algo le llamó la atención, había un bulto entre las sombras, sobre el pozo. El bulto se movió y Fran entró en pánico, era algo muchísimo más grande que una rata. Retrocedió y se agazapó tras la esquina de la casetilla. Del pozo salió un ser larguirucho y enclenque. Un rayo lo iluminó y Fran pudo ver que tenía una piel blanca mortecina y unos ojos negros extraordinariamente grandes. Tenía forma humana, pero desde luego no era humano. Llevaba puesto un tanga y un top roído y se apoyaba en una vara que parecía metálica, con pequeñas lucecitas en la parte de arriba, como si fuese un dispositivo electrónico. Se acercó a la ropa tendida y se puso a olisquearla, toqueteándola con sus largos dedos.

     Fran pensó que ya había visto suficiente. Se sentía aterrado y aquella no era ni su familia ni su campo ni su problema. A José Miguel y los suyos no les había hecho nada durante años, más que robarle ropa, pero él era un extraño. A lo mejor no le gustaba su olor o le gustaba demasiado y quería comérselo o sodomizarlo. No lo averiguaría. Con el corazón en un puño deshizo el camino andado sigilosamente, confiando en que la vara no lo detectara ni se la lanzara para ensartarlo. Al entrar en la casa se encontró con Lola, sonriente y con los ojos enrojecidos y entrecerrados. Llevaba el porro y el mechero en la mano derecha y en la izquierda un botellín nuevo.

     —Iba a ver qué pasaba contigo —dijo la mujer pinchándole la barriga repetidas veces con el dedo índice.

     Fran aún estaba conmocionado y, en otras circunstancias, Lola hubiera visto que estaba realmente pálido

     —No tienes ni un michelín, eh —afirmó Lola cruzándole el estómago con el dedo.

     —Está lloviendo un montón y casi todo lo que está tendido son bañadores —dijo al fin Fran.

     Lola lo miró, pensó que el chico seguía intimidado por ella, nervioso. Extendió sus manos, ofreciéndole al muchacho el porro y la cerveza y él los cogió, aunque sin intención de consumirlos. Entonces Lola dio un paso para atrás y se sacó el camisón, que dejó caer al suelo, cerca de donde estaba la camiseta de Fran. La mujer se quedó tan solo en tanga.

     —Si la recogemos entre los dos tardamos menos y luego podemos hacer otras cosas —expuso sugerentemente, pasándole esta vez el dedo por el pecho —. Vamos a mojarnos un rato.

     Fran sintió que algunas neuronas le explotaban en el cerebro. No podía procesar tantas cosas y tan disparatadas a la vez. Sintió que debía escapar o correr a esconderse y entre el flujo caótico de pensamientos, recordó que tenía un plan.

     —Mi madre se ha roto un pie, tengo que hacer la maleta. Me voy mañana —balbuceó Fran cabizbajo yendo apresurado hasta su cuarto y cerrando la puerta.