Género: FANTASÍA URBANA. Año: 1.998. Palabras: 2.593. Tiempo de lectura: 9 minutos a 300 ppm. Ilustración: Javier Sánchez, 2020.

Sinopsis: Nadia está muy contenta de volver a estar con su novio Igor.


*II Premio de Relato Corto a nivel provincial organizado por el Ayuntamiento de Rota (2000).


*Publicado en el libro recopilatorio Jóvenes autores (2001).

*Publicado en el libro recopilatorio Relatos de la Mugre (2003).

*Publicado en la novela corta Nunca nadie sabrá nada de nosotros, como capítulo 4º (2009).

*Publicado en el fanzine Er Bisho nº11 (2000).

*Publicado en el fanzine Hojas de morera nº8 (2002).


©Héctor Espadas


Igor

     Giré la llave con firmeza y la puerta se abrió con el acostumbrado chasquido. Igor entró detrás de mí, parecía nervioso. Yo estaba muy contenta. Cerré la puerta suavemente, pero aun así mi padre la oyó cerrarse.

     —¿Nadia? —preguntó extrañado de que estuviese en casa tan temprano. Igor se descompuso al oír su voz, pero a mí no me preocupó en absoluto. No lo descubriría.

     —Sí —dije intentando disimular mi júbilo.

     Me deslicé en el interior del salón, donde encontré a mi padre en su sillón. Parecía que, en lugar de sentarse, se había caído sobre él, como siempre. Pero no todo era como siempre. Igor estaba allí, aunque él no lo viese, y yo me sentía feliz. Mi padre me miró por encima de sus gafas y por debajo de su flequillo canoso. Me observó intentando averiguar si algo iba mal como tantas otras veces. Pero no. Me encontraba bastante bien, mejor que nunca. Lo notó y sonrió.

     —¿Todo bien? —preguntó disimulando su adormilamiento.

     —Sí, claro.

     Mientras respondía a esta y a una serie de preguntas banales hice una seña a Igor sin que mi padre se diese cuenta. Igor avanzó en sigilo y a grandes zancadas hacia el pasillo. Dejé el periódico entre el mando de la tele y la lata de cerveza, al alcance de mi padre, y seguí los pasos de Igor, dirigiéndome por el estrecho pasillo a mi cuarto. Llegué a la puerta. Seguramente Igor lo estaba pasando verdaderamente mal. Antes de abrir escuché toser a mi padre. Él sí que había pasado un calvario, con mis depresiones e intentos de suicidios. Se lo había tragado todo él solito, mi psicólogo al final acabó siendo el de los dos. Una vez les escuché hablando, el psicólogo intentó convencerle de que debía internarme en un psiquiátrico porque me estaba volviendo loca. Fue un cabrón, pero no le culpo. No sabía que lo que necesitaba era un amigo, no un psicólogo o un padre. Así fue como fui mejorando, con un amigo, con Igor. Cuando ya estaba en las últimas comenzó a visitarme, a mí no había quien me sacase de mi cuarto.

     Recuerdo la primera vez que vino, fue a los pocos días de volver por segunda vez del hospital. Cuando abrí la puerta casi me desmayo porque estaba muy mal y en la vida hubiera imaginado que pudiera ser él. Entró, sonrió, y me abrazó. Como cuando empezamos a salir. Me alegré un montón. A pesar de que ya nada podría ser como antes, no me importaba. Antes éramos amigos, ¿por qué no podíamos serlo de nuevo?

     Dejé de recordar esos últimos días de malestar y entré en mi cuarto. Él estaba mirando por la ventana, parecía más tranquilo. Solté los libros sobre mi escritorio, eché el pestillo y fui hacia él. No había dejado de quererle, a pesar de los consejos de todo el mundo. Habían pasado muchas cosas, así que decidí no tomarme el hecho de que hubiera venido estando mi padre como algo que no fuera más que por simple amistad. Ya veríamos qué pasaba, si es que algo tenía que pasar. Me conformaba con su presencia, su apoyo.

     Desperté. Me había quedado dormida. La vuelta a los estudios me estaba costando trabajo. Igor ya no estaba, me había dejado dormir. Miré la hora, mi padre ya habría vuelto al trabajo. Puse algo de música, me quedaba media tarde por delante. Deseé que Igor no se hubiera marchado porque me apetecía dar una vuelta, pero seguramente tendría algo que hacer. No podía estar conmigo en todo momento.

     Me tiré una hora en la ducha, hasta que me cansé de estar de pie y los dedos se me arrugaron tanto que perdí el tacto. Mientras me secaba sonó el timbre. Intenté vestirme lo más rápido que pude y me dirigí hacia la puerta a toda prisa. No llegué a tiempo. Cuando abrí la puerta la persona que llamó ya se había marchado. La duda de que fuera Igor me hizo correr hasta la ventana del cuarto de mi padre. Me asomé y al cabo de unos instantes salió del portal, con su camiseta de los Sex Pistols y sus pantalones viejos y rajados. Se me escapó una sonrisa que se perdió con los últimos rayos de luz y enseguida Ana dobló la esquina. Menos mal que Igor ya estaba fuera de su campo de visión, no lo llamé. Ana era mi mejor amiga, había estado colada por Igor hacía tiempo, pero acabé saliendo yo con él. Fue la que más me insistió en que intentara olvidarlo cuando acabó lo nuestro. Entró en mi portal, así que esperé a que subiera.

     Cuando mi padre llegó llevábamos un buen rato hablando. Me estuvo enseñando el piercing que se había hecho en el ombligo y nos estuvimos riendo acordándonos de aquella vez que intentamos hacernos uno por nuestros propios medios. Fue una masacre de la que yo seguía guardando una fea cicatriz. Al final se quedó a cenar, a mi padre siempre le había caído bien, a pesar de la supuesta mala influencia que, según los profesores del instituto, ejercía sobre mí.

     Fueron pasando los días y poco a poco empecé a recuperar mi vida después de muchos meses de aislamiento. Más bien lo que recuperé fueron las ganas de vivir, todo gracias a Igor. Pero nuestra relación —por llamarlo de alguna manera— seguía en secreto. A nadie le hubiera gustado. Igor siguió viniendo, incluso estando mi padre. Más de una vez creí que nos había pillado, pero no. Sus sentidos eran tan viejos como él. Sin embargo, tras un mes, llegó el día en que tuvimos que revelar nuestros encuentros.

     Mi padre me dijo que debía ir a ver al psicólogo para que viera cómo seguía. Yo lo había escuchado hablar por teléfono con él, le había dicho que a veces me escuchaba hablar sola en mi cuarto y que estaba preocupado. No podía decirle que un chico había estado viniendo a verme sin que él lo supiera y mucho menos que se trataba de Igor. ¿Podría confiar en el psicólogo? Quizá, si le explicaba que Igor me había estado simplemente ayudando, sin aprovecharse de mí ni nada, podría convencerlo para que tranquilizara a mi padre, sin que tuviera que contárselo. Supuse que lo entendería, él no tenía la mente tan cerrada como la mayoría.

     Fue un martes cuando me citó. Supuestamente había mejorado o por lo menos ya no me negaba a salir de mi cuarto, así que por primera vez iría a su consulta. Igor me acompañó, pensé que sería buena idea que el psicólogo hablase con él. Menos mal que no nos encontramos a nadie conocido por el camino, dimos las vueltas necesarias para evitarlo. La consulta estaba en la tercera planta de un viejo edificio sin ascensor. Subimos en silencio, llamé a la puerta y me abrió el psicólogo.

     —Ah, hola. Pasa, pasa… —dijo y se adentró en el piso. Lo hizo tan rápido que no se fijó en Igor, que estaba detrás de mí.

     Nos miramos con cara de circunstancia y entramos.

     Supuse, por el número de sillas que había, que aquella habitación era una sala de espera. Podía oír al psicólogo hablando por teléfono desde un cuarto cuya puerta estaba entreabierta. Tanto Igor como yo estábamos muy inquietos. Dudé que fuera una buena idea que él hubiese venido. Igor captó mis pensamientos y cuando el psicólogo terminó de hablar y me invitó a entrar a su despacho, nos pusimos de acuerdo sin mediar palabras en que era mejor que me esperara allí.

     El despacho no era nada del otro mundo. Estanterías llenas de libros ocupaban casi todas las paredes a excepción de una en la que colgaban los típicos diplomas que acreditaban su título y capacidades. Él estaba ya sentado, entre su mesa y los diplomas. Comenzó dando rodeos hasta que definitivamente tocó de una manera muy sutil el tema de mis supuestas conversaciones conmigo misma. Yo suspiré y necesité unos segundos para organizar mi explicación. Él no conocía a Igor personalmente, pero sabía de sobra quién era, así que lo único que le tuve que decir era que me había estado ayudando viniendo a mi casa y que no quería que mi padre ni nadie se enterara porque no lo comprenderían y que esperaba que, sin embargo, él sí.

     Se quedó perplejo, no se esperaba que Igor, un chico de diecinueve años, sin ningún tipo de estudios sobre el comportamiento humano, hubiese logrado triunfar donde él había estado fracasando. Igor había estado escuchando la conversación, la puerta del despacho seguía abierta, así que entró justo en el momento en el que terminé de hablar, para darse a conocer. Estaba muy serio. El psicólogo no se percató de su presencia, estaba absorto, mirando la mesa, pensativo, recapacitando todo lo que le acababa de decir. Estaba a punto de hacer las presentaciones cuando Igor distrajo mi atención; en vez de avanzar por el despacho y sentarse a mi lado, se quedó en la esquina que había al lado de la puerta y se sentó en el suelo, más bien se desplomó, parecía muy afligido. No creí que le fuese a afectar tanto la situación.

     —Nadia —dijo el psicólogo y mis ojos fueron de uno a otro de los ocupantes de la sala.

     —Sé que lo has pasado muy mal, pero…

     Calló intentando buscar las palabras adecuadas. Igor comenzó a llorar mirándome fijamente, sus ojos parecían decir «lo siento» y luego lo dijeron sus labios.

     —Igor… —murmuré sin saber qué estaba pasando.

     El psicólogo miró hacia Igor, pero Igor no apartó su mirada de mí, ignorándolo. Este se volvió hacia mí y me agarró el brazo con firmeza.

     —Nadia, Igor está muerto. No va a volver.

     Lo miré atónita, ¿pero es que no lo veía?, estaba allí. Conmigo. Me puse de pie, sentía que el pecho me iba a explotar, pero cuando volví a mirar, Igor había desaparecido.

     —Igor…