La última ciudad del mundo es una novela de ciencia-ficción ambientada en un futuro postapocalíptico en el Valle del Guadalquivir.

Es una autoedición financiada mediante crowdfunding en julio de 2018. Lee gratis los tres primeros capítulos.

     Neobética fue la única ciudad estado elegida por Dios para sobrevivir al Apocalipsis o al menos así lo creían todos en el valle hasta hace unos años, cuando comenzaron rumores sobre ángeles caídos, figuras humanas que salían propulsadas hacia arriba cuando eran descubiertas.

Yago es un joven patrullero al que siempre acompaña en secreto Iris, una inteligencia artificial que lo ha educado y le ha enseñado cómo es y cómo era el mundo. Sin embargo, con el tiempo, Yago se ha acomodado a su solitario trabajo y, al resultar imposible escapar del valle o del planeta, ha perdido el interés por cualquier cosa que escape a su rutina terrenal.

 

Con La última ciudad del mundo quería homenajear a todas esas historias de ciencia-ficción que tanto me han dado, trayéndolas a Andalucía. Extraer todos esos elementos futuribles más que consensuados y hacerlos más cercanos al público más cercano a mí.

Las novelas 1984, Fahrenheit 451 o La ciudad de la oscuridad; cómics como Juez Dredd, Rogue Trooper, Tank Girl o Priest; los juegos de rol de Crónicas Mutantes o Cyberpunk; la series Tierra 2 o Los 100; las películas de Wizards, Mad Max, Moon… Son muchos mundos y personajes ficticios los que forman el imaginario que he tenido en cuenta a la hora de elaborar esta historia. De algunos de estos y de otros hago referencias directas dentro del relato.

La última ciudad del mundo es una novela de ciencia-ficción postapocalíptica. Una historia sobre la soledad y la alienación; un relato coral, encabezado por un antihéroe, que se mete en la piel y en los circuitos de todos los personajes, ofreciendo una visión completa de la acción, del conflicto, y de sus protagonistas imperfectos. Un drama existencial lleno de intriga, suspense, acción y amores imposibles.

La idea de narrar esta historia me surgió a finales del 2015, cuando me topé por accidente con un grupo de Facebook que proclamaba la teoría de la Tierra Plana. Fue el año que murió Terry Pratchett y yo pensaba que me había metido en un grupo sobre las novelas de Mundodisco, pero no. Descubrí que existían personas que -por todo el mundo- pensaban que la Tierra es plana y que vivimos engañados. Indagué, me metí en más grupos, hablé con gente, hice amigos, enemigos… Finalmente, al observar que organizaban conferencias, publicaban libros y tal, llegué a la conclusión de que este tema iba a llegar lejos y pensé “¿Y si los únicos humanos que sobreviven a la Tercera Guerra Mundial son terraplanistas?”.

A algunos les puede resultar gracioso/poco creíble que haya quien piense que la Tierra es plana, pero no es ninguna broma. No solo no son pocos, si no que crecen de manera imparable ya que establecen relaciones simbióticas con el catolicismo e incluso con el animalismo y hasta el veganismo y corrientes como los antivacunas, providas, negacionistas(del genocidio nazi, de la carrera espacial, del cambio climático), misterios mayas, masonería, iluminatis, chemtrails… Es la madre de todas las conspiraciones y como tal es capaz de dar cobijo a todas. Dominarán el mundo y serán los únicos en sobrevivir. Avisados estáis.

          AGRADECIMIENTOS: A Carlos Martínez, por ir más allá de corregir la novela y hacer las veces de editor. A Ricardo Garrido, por darle forma con bocetos e ilustraciones a lo que tenía en la cabeza. A Gonzalo Espadas, por echarme una mano para construir una ciudad. A Cristina Martínez, por supervisar el empaque final. Y en último lugar, pero no menos importante, a todos los mecenas que han hecho posible esta edición . A todos, gracias.

h.

Capítulo I: El ángel caído

La roja cucaracha de apenas veinte centímetros se abría paso como podía por el fango. Sus patas le quemaban e intuía que si no se ponía pronto a salvo, esa agua tan extraña terminaría matándola. Cada pisada le producía punzadas y empezaba a sentir que sus finas patas y antenas menguaban rápida y dolorosamente. Llovía con fuerza, y algo extraño había en la lluvia, algo que la hacía mortal. Los troncos de los árboles, la tierra, el suelo… todo parecía quejarse con un tímido crujido o un breve gorgoteo que se perdía entre el sonido de la lluvia y el siseo del viento. Aquella situación era nueva para la joven cucaracha que llevaba horas zigzagueando presa del pánico.

Por fin divisó un refugio cercano. Una gigantesca y oscura cueva. O eso creyó. Sus sentidos mermaban a cada momento y se encontraba desorientada. Sin pensárselo dos veces emprendió un vuelo frenético en espiral hacia la negrura de la gruta sin saber si sus membranosas alas aguantarían el trayecto. La lluvia comenzó a filtrarse rápidamente por todo su cuerpo. No recordaba haber sentido tanto sufrimiento. Todo su organismo le mandaba mensajes de dolor extremo. Tenía que guarecerse inmediatamente. Reunió todas sus energías y batió las alas como nunca lo había hecho. Como si no hubiera un mañana. Y tal fue la velocidad de su vuelo que al adentrarse en la cueva no se percató de que en aquella oscuridad había algo muchísimo más grande y robusto que ella. El impacto supuso el fin de su existencia. Su cuerpo, que había comenzado a licuarse, se convirtió en una plasta gelatinosa y comenzó a resbalar por trozos hacia abajo.

—Si no fuera porque está empapada en lluvia-fuego saldría a limpiar sus restos a lametones —confesó Yago al otro lado de esa pared invisible: el interior de su vehículo. A pesar de los años en la ciudad, no se había acostumbrado a no comer seres vivos.

Iris se materializó de cintura para arriba en forma de holograma entre él y el parabrisas. Lo miró fijamente, se cruzó de brazos y frunció el ceño.

—¡Te he dicho que no la llames lluvia-fuego, joder!, ¿qué será lo próximo, decir que soy un espíritu, un fantasma? —vociferó la inteligencia artificial.

—Sí. Y que no podemos escapar de la Tierra porque el Domo no se puede atravesar.

—No tiene ni puta gracia, Yago. Al final te volverás como ellos… —le espetó la, en apariencia, adolescente.

—Sí, claro, y no comeré cucaracha ni conejo ni mosquito y dejaré de ser patrullero y no saldré más de la ciudad.

—Pues, aunque todavía te falte mucho, esa es la vejez que te espera. La que nos espera.

—¿Esto es por Berta? ¿Por si me caso con ella?

Iris no dijo nada e hizo desaparecer su proyección holográfica.

—Oh, venga, vamos… ¿Qué pasa con ella? No es creyente, debe ser la única que no lo es en toda la ciudad, en todo el valle… sin contar a los merodeadores y… —Yago se vio incapaz de pronunciar un nombre.

—¿Y a la gente de Gades?, ¿a Olivia? —inquirió la voz de Iris desde todos los rincones del vehículo.

—Joder, es por eso, otra vez… Olivia dejó claro que no quería volver a saber de mí y no se ha vuelto a conectar en siete años, ¿qué quieres que haga?, ¿deserto y que me den caza para encontrarme con que ya es hasta madre?

—¿Con quién iba a juntarse?, solo nosotros… solo tú podías estar con ella por su… —trató de argumentar Iris, pero Yago la interrumpió.

—Déjalo ya. Te has pasado los últimos años machacándome con que no debía estar solo y lo que pasa en realidad es que echas de menos a Olivia. ¡Joder, a mí también me gustaba Olivia! ¡La quería!, pero ya no está. Berta es simpática, esconde su forma de ser y sus pensamientos, como yo. Llegado el momento hasta podrá conocerte y guardar el secreto. Y tendrás otra amiga.

—No es eso —masculló Iris.

—¿Entonces qué es?

—Nada. Déjalo.

La conversación acabó en aquel instante. Iris puso una antigua canción de más de trescientos años, dejando que llenara el interior del vehículo como un gas que adormecía las palabras hasta exterminarlas. La música le ayudaba a no pensar en el verdadero motivo de su enfado, o más bien, desesperación. Yago no entendía que ella viviría para siempre y que tarde o temprano, entre los muros de Neobética, estaría condenada a guardar silencio eterno para que no la descubriesen, recluyéndose en el interior de la pequeña esfera ovalada de cribium que en esos momentos colgaba del cuello de Yago, como si fuera un abalorio común.

Encontraba satisfacción en escuchar concretamente aquella canción llamada Sleep walk. Le gustaba percibir cómo los instrumentos formaban una armonía matemática capaz de encontrar orden en el caos. Una fórmula que se reescribía a sí misma al despejar sus variantes para hacer surgir otras y provocar un movimiento continuo, un balanceo de incógnitas.

Yago, sin levantarse, dobló el cuerpo y alargó el brazo hacia el asiento del copiloto para coger su pipa casera y el encendedor de cuerda. Volvió a recostarse, encendió la pipa y dio un par de caladas. Enseguida se percató de que no podía ver bien el paisaje a través del parabrisas manchado de los restos de cucaracha.

—¡Joder! —maldijo mientras se ponía en pie y se dirigía a la parte trasera del vehículo. Abrió un compartimento y la puerta metálica rechinó como si fueran a saltar las bisagras. De allí sacó una garrafa cubierta de polvo con unos arneses para colgarla a la espalda; también llevaba insertada una fina palanca con empuñadura para bombear su interior a través de un largo tubo. La agitó levemente para comprobar que el líquido no estaba cuajado y se la cargó a la espalda.

Dio unos pasos hacia la puerta lateral del vehículo, pero antes de abrirla esperó unos segundos a que terminara la canción. También a Yago le gustaba mucho. Lluvia, música antigua y tranquilidad, ¿qué más se podía pedir?

Al poco, saltó al exterior y miró desconfiado el techo de aquella cueva. Tras unos segundos, se encaminó a la parte delantera del vehículo y se quedó parado, contemplando la lluvia y sintiendo la humedad del ambiente y una ligera e irregular brisa. Una sensación agradable. Inspiró profundamente y dejó escapar un suspiro. Si había algo que odiaba de la ciudad de Neobética —aparte de los neobéticos—, era que allí nunca llovía. Siempre lucía el sol, hasta el punto de que todos llevaban gafas solares. Cada pocos días lanzaban un pequeño cohete a la atmósfera que impedía la formación de nubes, con la esperanza de que ninguna lluvia-fuego —ácida— les afectase. Después de más de cien años, la gran mayoría de los neobéticos no había visto ni sentido la lluvia y algunos empezaban a dudar de la necesidad de privarse de ella. A pesar de todo, tras aquel día, Neobética seguiría siendo una ciudad eternamente soleada aunque no por ello cálida.

Fuera una lluvia ácida o no, Yago prefería estar en aquella cueva antes que en la ciudad. Por eso se hizo patrullero, porque odiaba estar en la ciudad. Por eso y porque confió en que lo destinarían al sur, a la zona de Nueva Gades, como planificó con Olivia. Al final lo destinaron al norte del valle, lo más lejos posible. No le preocupó, ya que Olivia para entonces no quería saber nada de él.

Yago observó un gran charco que se estaba formando en la entrada de la cueva, a escasos metros de donde estaba. Rápidamente se puso delante del vehículo, alzó el brazo derecho con el tubo para poder llegar al alto parabrisas y comenzó a bombear con la mano izquierda a la altura de su cintura.

Hubiese sido mejor que fuera una lluvia normal, con una breve granizada incluida, y contemplarla tranquilamente, sin tener que volver disparado a la ciudad para informar y entregar los datos de los globos sondas. Total, ¿para qué? En el fondo les daba igual lo que pudiera decir una máquina. Sacarían alguna explicación metafísica del tema y a otra cosa. Una señal quizás de que el Gran Diluvio iba a llegar por fin y solo quedarían los habitantes de la ciudad, como venían anunciando desde que se fundó apresuradamente la ciudad estado de Neobética, justo antes del Apocalipsis, la Última Guerra o la Gran Guerra, según a quién preguntaras.

Fuera como fuese, a Yago le daba absolutamente igual que su trabajo no sirviera para nada y que todo fuese un paripé. De hecho, le había terminado gustando. Nunca pensó que pudiera llegar a ser feliz siendo ciudadano y sin la compañía de Olivia. Según la normativa, podía estar hasta cinco días fuera de la ciudad y luego no tenía permitido estar más de dos seguidos en ella. Recogía las mediciones meteorológicas, limpiaba los caminos de troncos caídos y vigilaba que ningún merodeador ni ningún demonio ni criatura infernal avanzase hacia la ciudad. O lo que era lo mismo: fumar marihuana, visitar el mundo virtual de Funland y dormir.

Era el único patrullero que había elegido serlo y el más joven de todos. El resto eran hombres de más de cuarenta años. Familiares de alguien relativamente importante que habían sido castigados a un exilio parcial por algún pecado o crimen que no había salido a la luz para no avergonzar a sus familiares.

Apenas tenía que tratar con ningún otro patrullero, salvo con Ramón de vez en cuando, ya que su área asignada estaba situada entre la ciudad y el área de Yago. Ramón era un alcohólico xenófobo que no dejaba de recordarle a Yago que no había nacido en la ciudad. Por suerte, se lo encontraba pocas veces y, en la mayoría de los casos, simplemente se cruzaban en sus vehículos sin saludarse.

La única persona con la que congeniaba era Berta. Al principio fue solo una voz agradable desde la estación oeste. Pronto se le unieron un cuerpo y un rostro increíbles. Ya había estado con otras chicas, pero Berta era diferente. No se extrañaba por no quedarse embarazada ni hablaba de planes de matrimonio ni comentaba con detalle lo que hacía cada día dentro y fuera del trabajo. Más que hablar, conversaba, y le gustaban tan poco las personas como a él. No era tan inteligente como Olivia, pero Yago se conformaba con que al menos no fuese una pretenciosa ignorante como las demás. No descartaba enviarle la solicitud de matrimonio e incluso, llegado el momento, podría plantearse no tomar el anticonceptivo que había aprendido a fabricar con la ayuda de Iris.

Ya no le interesaba volar ni navegar ni comprobar con sus propios ojos, de manera irrefutable, si la Tierra era redonda o plana. Había perdido la ilusión que tenía de niño cuando soñaba junto a Olivia que descendientes de aquellos que lograron escapar a la Última Guerra volvían y se los llevaban a años luz, donde podrían utilizar todo tipo de tecnologías que de ningún modo estaban prohibidas. Estaba bien donde estaba.

De nuevo en el vehículo, Yago abrió uno de los múltiples compartimentos situados sobre su catre y cogió dos grandes galletas saladas envueltas en un pañuelo. No tenía ganas de calentar agua para prepararse unos tallarines. Se sentó en el asiento del copiloto, colocó los pies sobre la guantera y se puso a observar cómo anochecía mientras mordisqueaba una de las galletas. Aborrecía la comida de Neobética. Todo eran pastas, vegetales y naranjas. Nada de carne. Se lamentó de no haber cazado nada por la mañana. Podría estar disfrutando de un cocido de cucaracha o de un alacrán braseado en lugar de aquellas galletas insípidas, más grandes que la palma de su mano. Comprendía que nadie quisiera comer una rata o una procesionaria porque eran venenosas, pero todo lo demás eran auténticos manjares.

Cuando terminó se sirvió un vaso de agua. Comprobó que apenas quedaban dos litros en el depósito, pero no le dio importancia porque al día siguiente volvería a la ciudad. No tendría que esperar a que el condensador rellenase todo el depósito. Se lo rellenarían allí; después informaría y volvería a salir.

Regresó al asiento del copiloto y apagó la mayoría de las luces para distinguir mejor entre la penumbra del bosque, levemente iluminada alguna vez por un relámpago lejano. Iris seguía en silencio y la música continuaba. Era una de las múltiples listas de canciones que los dos habían confeccionado. Yago supuso que estaría en Funland, criticándole con algunas de sus creaciones y prefirió no molestarla. Las últimas semanas habían estado discutiendo más de lo normal. Cogió su pipa y empezó a fumar calada tras calada mientras tarareaba algunas de las tranquilas melodías en voz baja.

Unas horas después, Yago roncaba en una extraña y aparentemente incómoda postura cuando una alarma comenzó a sonar. Abrió los ojos y brincó sobre el asiento.

—Iris ponme aquí… —Antes de terminar la frase, Iris hizo surgir una pantalla holográfica sobre el parabrisas, con visión aumentada. En una esquina se veían lecturas de bioseñales.

Algo se movía ahí fuera de nuevo. Algo mucho más grande que una cucaracha o incluso que una rata. Fuera lo que fuera, se movía despacio. El radar indicaba que estaba a menos de diez metros, pero no conseguía verlo bien. En unos segundos, Yago descubrió que se trataba de una persona que se tambaleaba en la oscuridad. Llevaba una especie de traje protector, rígido en algunas partes, como una armadura blanca, pero parecía que se derretía, al igual que su cara. Andaba con dificultad estirando los brazos hacia las luces del furgón… Fuese quien fuese, estaba sentenciado. Debía de llevar horas ahí fuera.

Yago pensó que tenía que ser uno de esos ángeles caídos de los que se rumoreaba en la aldea de Nueva Gades. Rumores que no gustaban ser oídos en Neobética. No parecía que fuese a echar a volar, pero llevaba esa armadura, ese traje espacial que Yago había escuchado describir un par de ocasiones.  Algunos decían que eran demonios expulsados del cielo, ya que, cuando sorprendían a alguno, salían propulsados hacia arriba a gran velocidad, tratando de volver. Otros decían que eran espías ciborgs de alguna ciudad estado enemiga que también había sobrevivido aislada de la radiación, como el valle. Yago siempre había pensado que, si eran ciertos los rumores, se trataría de algún robot o ciborg defectuoso, solitario y huidizo.

El ángel caído consiguió llegar a la entrada de la cueva, pero tropezó, cayó sobre el gran charco y ya no se movió más. Sus bioseñales pararon en seco en la pantalla. Yago pensó que seguramente, cuando dejase de llover, quedaría una masa gelatinosa como la de la cucaracha. Fuese humano o divino había tenido un final tan dramático como el del insecto.

—¡Es un ángel caído, Yago! —exclamó Iris.

—Eso parece…

Iris comenzó entonces a soltar toda una verborrea de posibilidades sobre lo que aquello representaba, aunque aquel sujeto estuviera muerto. Tantas que Yago se sintió abrumado y dejó de escucharla. Busco su pipa de nuevo y cogió de la guantera un pellizco de un cogollo.

La primera lluvia ácida en más de cien años, un ángel caído, volver a la ciudad antes de tiempo… Necesitaba relajarse, fumar y pensar tranquilo. Mientras siguiera lloviendo, nada ni nadie más podía estar en los alrededores, no habría más sorpresas.

Suspiró y al cabo de unos segundos dio una profunda calada mientras Iris seguía hablando, emocionada. Por un instante creyó ver un centelleo amarillento en la oscuridad y sintió que estaban siendo observados, pero comprobó que el radar no detectaba nada. Iris escrutó los alrededores con atención, estaban solos. O eso pensaron.

 

Capítulo II: El hijo pródigo

Radi se sentía cansado, muy cansado. No sabía cuándo se había despertado, pero estaba seguro de que ya llevaba un tiempo consciente o al menos semiconsciente. Iba y venía de la oscuridad y del silencio a la claridad y al pitido intermitente que hacía alguna máquina que monitorizaba lo que parecían sus constantes vitales. Apenas era capaz de abrir los párpados. Su voluntad flaqueaba ante cualquier esfuerzo y prefería dormir un poco más, aunque empezaba a sentir un terrible dolor de cabeza. Suponía que estaba en la enfermería de la Aupiel, pero no lo sabía con seguridad.

Mientras su consciencia iba y venía, trató de ordenar sus pensamientos, que se mezclaban con trozos de sueños y pesadillas. Lo último que recordaba era el estruendo de las alarmas de despresurización, el fallo en la gravedad artificial, y verse lanzado a toda velocidad contra las paredes. Debió de haberse quedado inconsciente tras golpearse gravemente. No sentía dolor, pero tampoco se notaba el cuerpo y no tenía fuerzas para moverse y comprobar que no tenía nada roto. Respirar y dejar que su corazón latiera era el único esfuerzo que podía hacer.

Al principio, había percibido que alguien a su alrededor se movía ruidosamente mientras aporreaba teclas y botones, pero hacía rato que había parado. Aunque no era consciente de haber oído la compuerta, sabía que estaba solo.

Tenía que abrir del todo los ojos y volver a la realidad. Nunca se había sentido tan agotado y cómodo al mismo tiempo. Era como si hubiera encontrado la postura perfecta para descansar, la total armonía entre su cuerpo y una superficie.

Solo se había sentido tan cómodo aquellos domingos en su cama junto a su esposa, justo antes de que sus hijos pequeños se abalanzaran sobre ellos. Allí postrado, tan solo echaba de menos el cuerpo cálido de su mujer y la suavidad de las sábanas. Por lo demás, aquella camilla parecía perfecta. Sin embargo, deseó poder teletransportarse a la Tierra y que sus hijos lo obligaran a estar consciente, a que abandonara su placentero descanso. Que se fundieran pasado y presente y pudiera estar tumbado junto a su mujer en aquella maravillosa postura.  

Los recuerdos fueron volviendo con más orden y nitidez. Después de unas horas, acabó sentado en la camilla, con las piernas colgando y el cuerpo arqueado hacia delante. Desnudo. No miró con detenimiento a su alrededor, pero definitivamente supo que estaba en la enfermería de la estación.

La Aupiel era su nuevo hogar. Desde pequeño había soñado con vivir, o al menos trabajar, fuera de la Tierra. Habría millares de sitios a los que ir en el universo, pero se había quedado atrapado en la órbita de la Tierra. El ingeniero esperaba que, tras su estancia allí, lo considerasen candidato para embarcarse junto a su familia en la primera nave colonial que la Liga de Hermanos Musulmanes pretendía lanzar. Desgraciadamente, tanto sus planes como los de la Liga y los del resto del mundo se vieron truncados de raíz.

Su familia, sus amigos… Todos habían muerto en la que sin duda había sido la última guerra de los hombres. Ya no quedaban personas suficientes para hacer otra guerra, ni tampoco territorios que disputar, tan solo un número ridículo de cristianos y su ciudad, que había sobrevivido tan milagrosamente como la Aupiel. Se torturaba pensando en la muerte de su mujer y de sus dos hijos, Malik y Nuba. Se puso en el peor de los casos y se figuró que habrían sufrido una muerte horrible, sin ser conscientes de lo que ocurría. Se los imaginó ardiendo, sintiendo cómo se les desprendía la piel, asfixiándose con el humo y el polvo y muriendo finalmente aplastados por el derrumbe de la casa, con los huesos quebrados y los órganos reventados. Confió en que al menos hubieran estado juntos y que tuvieran un último momento para abrazarse.

Radi rompió a llorar. Solía hacerlo cuando, estando solo, pensaba en su familia —y se acordaba de ellos a cada momento—. Mientras sollozaba, se llevó la mano a la boca, tapándosela y agarrándose la barba al mismo tiempo, intentando serenarse. Debía tranquilizarse y tratar de llenar los vacíos de su memoria sobre el accidente, sobre qué había pasado y sobre dónde estaba el resto de la tripulación.

Tenía sed o, más bien, se dio cuenta que la había tenido todo el tiempo. Deslizó su cuerpo para ponerse en pie y lentamente avanzó hacia el dispensador. No tenía nada roto, pero se sentía entumecido y mareado. Quizás llevaba días o semanas sin sentido. Notaba su cuerpo pesado. Los tobillos, las plantas de los pies y las rodillas se resentían, como si hubiera regresado de una larga caminata. Al llegar al dispensador pulsó varias veces sobre la pantalla. Parecía estropeada pero enseguida estuvo bebiendo agua fresca. Repuso varías veces el vaso y el ansia le hizo derramarla sobre su pecho.

El quinto vaso se lo echó directamente encima de la cabeza. Necesitaba sentir el agua sobre su piel. Se frotó la cara, sobre todo los ojos, y bostezó. Se encontraba mucho más despejado, aunque seguía débil. Comenzó a darse cuenta de que la enfermería estaba algo cambiada, las paredes y el techo no parecían tener el color blanco impoluto que recordaba, habían adquirido un tono amarillento. Seguramente la despresurización también había afectado a la sala. Parecían faltar aparatos y el resto de camillas.

El módulo estaba excesivamente vacío, salvo por la parte de biomecánica y prótesis que estaba cercada por biombos, ocultándola, ya que no se permitía el paso a ella. Aparentemente, esa zona se había dañado gravemente. Por debajo de los biombos se entreveían pequeños trozos de chatarra y cables arrancados y deshilachados.

Las tripas le comenzaron a sonar repentinamente y sintió algunas punzadas. Inmediatamente pensó que no debería haber bebido tanta agua. Se agarró el estómago y se tumbó en el suelo en posición fetal. Oleadas de frío y calor se turnaron para recorrerle el cuerpo. Era como si lo estuvieran apuñalando; algo realmente grave debía estar pasándole. Quizás lo habían tenido que operar por alguna razón y había hecho mal en moverse de la camilla. Sentía que irradiaba tanto calor que pronto vaporizaría el sudor que lo envolvía.

En cuanto dobló las piernas sobre su pecho, Radi soltó una flatulencia con una fuerza descomunal. Los gases tardaron varios segundos en terminar de salir de su cuerpo con un grotesco ruido. Las punzadas cesaron y se sintió sorprendentemente aliviado. El calor desapareció, dando paso a un frío igualmente extremo pero agradecido. Al ponerse de nuevo en pie, su cuerpo lo obligó también a eructar.

Se tocó el estómago para asegurarse de que todo estaba bien, no podía creerse que se tratara de gases. Retrocedió, cogió la sábana sobre la que había estado y se secó con ella. No sabía si lo que le empapaba el cuerpo era agua o sudor. Radi volvió su atención hacia aquella esquina oculta y avanzó hacia ella, envolviéndose en la sábana. Al apartar uno de los biombos no descubrió los grandes destrozos que esperaba. Allí estaban el resto de camillas y, alrededor de una de ellas, todos los aparatos que Radi había echado en falta, y otros que no recordaba. Sobre una de las camillas, se encontró con lo que parecía un exoesqueleto cuyas manchas de sangre seca evidenciaban que había sido extraído. El suelo bajo las camillas estaba impoluto, como si lo hubieran limpiado recientemente.

Rápidamente, Radi se revisó las muñecas y los brazos y se palpó el pecho y las piernas. No encontró indicios de que hubiera sido a él a quien le hubieran puesto o quitado aquel exoesqueleto. Suspiró aliviado.

 Sobre otra de las camillas se amontonaban diferentes órganos sintéticos, cada uno en su bolsa de conservación y todos visiblemente usados. Había un juego completo de órganos con alguno que otro repetido. Radi examinó al detalle su estómago, su torso y también su nuca, pero siguió sin encontrar señales de que lo hubieran intervenido. Pensó que quizás sus compañeros resultaron heridos de gravedad, pero aquellos órganos eran viejos, seguramente habían gastado sus cincuenta años vida. Se acercó al espejo de la pared y se contempló. No podía haber estado en coma todo ese tiempo, tenía el mismo aspecto. Aunque podrían haberlo metido en la cabina experimental de hibernación en la que trabajaba Suleimán.

Radi se decidió a averiguar qué había pasado sin más demora. Se giró sobre sí mismo y cogió aire.

—Or… Ordenador… —dijo con dificultad. No recibió respuesta alguna.

—Ordenador… —repitió con un hilo de voz.

Entonces carraspeó y una flema espesa y voluminosa le subió por la garganta hasta llegar a su boca. La sintió salada sobre su lengua y la escupió. Se dirigió entonces hacia la consola, ya con paso firme, y allí descubrió que habían inhabilitado la comunicación con el ordenador central. La volvió a restablecer.

—Or… Ordenador, ¿qué día es? —Aún le costaba hablar.

—Hoy es jueves —respondió escueto el ordenador.

—¿Qué año?

—Es el año 2274.

Radi se ofuscó, ciento veintidós años era demasiado tiempo. Entonces cayó en la cuenta de que allí debían estar todos los órganos sintéticos que había en la estación, o, al menos, la mayoría. Los supervivientes debían haber muerto hacía tiempo, aunque, por otro lado, alguien debió haberlo llevado hasta allí recientemente. Accionó el teclado del terminal y se conectó con las cámaras, pero no encontró a nadie. Tras unos instantes observando, decidió rebobinar las imágenes para ver si descubría algo que le indicase qué había pasado. Un escalofrío recorrió su espalda cuando descubrió que había sido un ciborg quien lo había llevado desde el módulo de Suleimán a la enfermería y atendido posteriormente.

Nunca antes había visto un ciborg en persona. ¿Sería un espía? No parecía llevar logotipos de ninguna corporación ni símbolos judíos. Radi observó en unos minutos cómo el ciborg había estado los últimos meses yendo y viniendo a todos los laboratorios y departamentos, realizando todo tipo de pruebas y cálculos, quizás copiando y asimilando todo el conocimiento de la Aupiel. Radi, abrumado, se fijó en cómo era aquel ciborg más que en lo que hacía. No había sabido de uno tan ciborizado. Prácticamente todo su cuerpo estaba recubierto por partes ergonómicas de algún material. Sus ojos sin vida centelleaban de vez en cuando y a veces se iluminaban con un tenue color verdoso. Se movía con bastante fluidez y aunque toda su parte mecánica imponía, lo que realmente desconcertaba a Radi era la vejez su rostro. Parecía un cadáver calvo, chupado y seco.

Casi un año atrás, el ciborg salía de la enfermería con extraños y torpes movimientos. Radi contempló cómo era operado de manera automatizada. Al verlo todo hacia atrás no comprendió muy bien el proceso. Vio que le extraían el exoesqueleto que llevaba, aquellas partes, una a una, desatornillándolas y quitando remaches por numerosos puntos, y le ensamblaban el otro exoesqueleto que Radi había encontrado, más funcional y de aspecto ortopédico. Radi sintió dolor al observar tanto atornillamiento y desatornillamiento y los chorros de sangre oscura que ascendían del suelo a la camilla. Probablemente era el ciborg quien había usado los órganos sintéticos y, con tantas operaciones, seguro que habría acabado con las reservas de sangre artificial y de órganos.

Al verlo con su anterior exoesqueleto, le pareció más humano y quizás por ello más familiar. Radi se quedó pensativo unos instantes cuando el ciborg salió del laboratorio médico andando hacia atrás. Pensó que podría perder horas visualizándolo todo y que debía buscar directamente las imágenes del accidente. Si el ciborg llevaba tanto tiempo allí, quizás lo había provocado él al abordarlos. Pero antes de que Radi pudiera reaccionar, algo en las imágenes llamó su atención. En una de las pantallas, el ciborg había salido corriendo tras observar algo por la escotilla. Radi congeló la imagen y pensó en qué podría haber visto el ciborg. No creyó que fuera a descubrir algo relevante, pero se acercó a la escotilla que había en la enfermería.

Al principio, no vio nada que no se esperara y se quedó unos instantes con la mirada perdida, pero poco después algo lo sacó de su ensimismamiento. Había una nave en órbita sincrónica con la Tierra a la que se acercaban. Radi supuso que era la nave del ciborg, o de aliados suyos, y que estaría allí en esos momentos, por eso no lo había encontrado con las cámaras. Se empezó a sentir incómodo estando desnudo y pensó que podía dirigirse a su habitación para vestirse. Ya en el pasillo, se detuvo ante la compuerta del laboratorio de Suleimán. No pudo reprimir la curiosidad de echar un vistazo al lugar donde supuestamente había estado durante un siglo, aunque fuera un segundo.

—Luces —ordenó tras abrirse la compuerta.

La sala se iluminó, aunque algunas luces parpadearon durante unos segundos. Tampoco aquel laboratorio estaba como lo recordaba, lo encontró mucho más desordenado y sombrío. Si no fuera por la cápsula de hibernación, no lo hubiese reconocido. Avanzó hacia ella, olvidándose del ciborg. Algo llamó su atención. De la cápsula salían tres hileras de cables diferenciadas que la conectaban a sendos recipientes de cristal, aparentemente herméticos. Dos de ellos contenían un feto humano y el tercero parecía vacío.

Aquello sobrecogió a Radi. ¿Para qué querría el ciborg embriones humanos y por qué los tenía en animación suspendida? Quizás los necesitase por sus médulas. Quizás por eso lo había despertado, porque también quería su médula o algún otro órgano. De repente se dio cuenta de que la cápsula seguía funcionando, aunque el panel exterior no indicaba signos vitales. Apartó una camilla para acercarse y contempló horrorizado que dentro había un cuerpo exactamente igual al suyo. Aquello lo desbordó. Las piernas le fallaron y cayó al suelo.

¿Sería un clon suyo o sería él el clon?, ¿y los fetos?, ¿los estaba cosechando el ciborg para poder vivir eternamente? Radi trató de recordar rápidamente qué podría utilizar en la estación como arma. No estaba dispuesto a ponérselo fácil a aquel ciborg. En el peor de los casos, haría descender la estación para que se desintegrara en la atmósfera.

Sus planes de destrucción se vieron interrumpidos al escuchar unos pasos firmes que se dirigían hacia la entrada del módulo, unos pasos que resonaban más de lo normal y que se pararon justo delante de la compuerta mientras se abría. Radi se puso en pie apoyándose en el receptáculo de su cadáver, buscando infructuosamente algo que pudiera agarrar para golpear o, al menos, algo que poder lanzar.

 Tras unos instantes, el ciborg entró. Radi se estremeció. Sintió cómo le clavaba sus ojos vacíos y sin alma. El ciborg vestía el chándal oficial de la estación. Le quedaba muy ajustado, marcaba por todos lados bultos anormales para la fisionomía humana y tenía varios rotos recientes, provocados sin duda al embutirse en él.

—¿Radi?, ¿cómo te encuentras? —preguntó el ciborg tras unos segundos de vacilación, intentando aparentar normalidad. Su voz sonó distorsionada y casi sin entonación, como el ordenador de la Aupiel.

—¿Quién eres? —preguntó Radi tembloroso.

—Soy yo, Radi, soy tu padre —dijo Bilal.

Capítulo III: La bruja

Berta tenía una larga melena negra ligeramente ondulada que le acotaba la cara y con la que a veces se la cubría casi por completo. No era su color natural. Desde niña venía tiñéndoselo a escondidas para que nadie descubriera que en realidad era pelirroja. De igual modo, llevaba toda su vida ocultando que era zurda, hasta el punto de volverse ambidiestra desde pequeña. Sus padres, avergonzados, le ataban el brazo izquierdo a la espalda en la intimidad familiar.

Llevaba unos minutos bajo la ducha, sin mojarse la cabeza, esperando a que el tinte que le había enseñado a hacer su madre hiciera efecto. Berta no utilizaba esponja, pero llevaba siempre una a la ducha para que ninguna de las mujeres en el vestuario sospechara que osaba tocarse sus propias carnes. No solía frotarse, sino más bien acariciarse e inspeccionar su cuerpo.

No quería envejecer. Al menos, no allí; ni en el valle ni, quizás, en la Tierra. Debía de haber algo más que convertirse en una abuela arrugada, sin otro quehacer que acudir a todas las verbenas y fiestas para ver quién se excedía y denunciarlo.

Cuando estimó que había pasado el tiempo suficiente, cerró los ojos y metió la cabeza bajo la ducha. A veces deseaba ser una bruja de verdad para poder huir de la ciudad. Berta no creía en las brujas ni en las muchas otras cosas que creían en la ciudad. ¿Por qué, si ella era una bruja, no tenía deformidades, ni una fuerza o agilidad sobrehumana, ni tampoco era capaz de controlar la mente de otros, si acaso a babosos idiotas? No, no existían las brujas. Probablemente los cabezaglobos tenían razón y la Tierra fuera una pelota sin bordes ni Domo que impidieran que los hombres se alejasen a otros lugares del universo.

Yago le había contado que ni en Nueva Gades ni en ningún lugar del valle había ya gente que tuviera fe en el antiguo ateísmo, aunque sospechaba que él era uno de los pocos que debían quedar, ya que sabía muchas cosas sobre ellos, más de las que había recopiladas en el archivo del convento. Él se justificaba alegando que una amiga de la infancia y su familia lo eran, pero a Berta aquello no la acababa de convencer. También decía que solía visitar a su viejo amigo Braulio cuando estaba de patrulla y Berta sospechaba que el tal Braulio no podía ser tan cristiano como Yago recalcaba, viviendo solo, lejos de la ciudad. En todo caso, no necesitaba averiguarlo todo de golpe, le gustaban los misterios.

Los dos habían tenido varias largas conversaciones sobre el mundo antiguo y las otras religiones: la musulmana, la judía y la científica o atea. Quizás Yago no fuera un cabezaglobo. Desde luego, tampoco era un cristiano, por mucho que en público lo disimulase perfectamente. Como ella. Siempre había sabido que no se equivocaría con él, desde la primera vez que lo vio hacía ya años, cuando ambos quedaron huérfanos.

Berta pulsó el botón para parar la ducha, se secó con su toalla y se envolvió con ella,  como si fuera un vestido. Se alegró de que no quedara nadie en el vestuario. No soportaba hablar con la gente. Por eso trataba de llegar siempre tarde a todos sitios, fingir que iba con prisas, y así justificarse por no pararse con nadie. Normalmente, quedaba alguna rezagada que otra junto a ella, habituales, pero no siempre las mismas. Aquella vez no se topó con ninguna. Por suerte. Pensó en salir de allí y volver a su apartamento, decir que aún seguía con el periodo. La cama aún debía de conservar su calor. Un día más sin tener que ver a nadie sería genial pero seguro que las comadronas la llamaban por interfono para que fuera a una revisión o a rezar alguna penitencia a la catedral.

Por mucho que le pesase, tenía que ir a trabajar y luego dejarse ver con gente. Procuraría coincidir con Inés antes del mediodía y proponerle pasear por el parque una vez más. Era lo menos cargante que podía hacer para que nadie pensara que pasaba tiempo sola. Suspiró y se consoló pensando en que por lo menos hablaría con Yago desde la estación, aunque fuera de manera comedida y por radio.

Salió del baño de su planta vestida con su mono verdoso y con sus gafas solares. Por un instante observó el final del pasillo exterior, a la altura de su apartamento. Luego miró la hora en su pulsera, se giró y comenzó a andar en dirección contraria, hacia las escaleras. Un bullicio característico sonaba en la plaza interior del bloque. Berta se asomó. Era día de mercadillo. No se había acordado de qué día de la semana era y exhaló de nuevo un suspiro, aunque esta vez pareció más bien un bufido.

El mercadillo de los jueves le parecía un circo en el que los neobéticos iban a reírse y a aprovecharse de los de Nueva Gades, aunque, como decía Yago, los novagadianos acudían gustosos. Algunos llegaban la noche anterior y dormían en el linde del bosque para entrar los primeros a la mañana siguiente y poder elegir bloque y sitio. Realmente solo había para elegir desde el bloque veinte al veinticinco, los más próximos a la avenida Cardo. El veinticinco, de hecho, estaba en el cruce de la avenida Decumanus con la Cardo. Les hacían recorrer media avenida para que siempre tuvieran que pasar por la zona militar vallada y los imponentes molinos eólicos, por el ayuntamiento y la catedral.

El mercadillo solo cobraría interés para Berta si alguna vez apareciera algún hombre-árbol. Se rumoreaba que algunos se desprendían de sus salvajes vestimentas y se hacían pasar por novagadianos para poder realizar trueques. Yago decía que jamás se alejaban de su zona, a los pies de las montañas del sureste, que todo eran habladurías. La verdad es que, en el tiempo que llevaba en comunicaciones de extramuros, nunca escuchó por radio a un patrullero del sur mencionar algún suceso relacionado con hombres-árbol que salieran de su bosque.

Berta no creía que fueran unos salvajes como los merodeadores de Aurgi, aunque sí pensaba que podían ser cabezaglobos al igual que ellos, como sostenían muchos, y de ahí que vivieran apartados e incomunicados desde hacía tanto. Quizás entre los hombres-árbol podría tener una vida más feliz, aunque tuviera que vestir y comer alimañas. Trató de convencerse de que tenían por fuerza que cultivar algo y de que podría vivir de ese algo el resto de su vida sin tener que comerse ningún cadáver. Mientras bajaba a toda prisa las escaleras planta por planta, le entraron nauseas al imaginarse comiendo tripas sangrientas de conejo y huevos de pájaro directamente de su cascarón; fluidos viscosos con tropezones de carne.

Cuando llegó a la planta baja se sintió mejor. Se encaminó hacia la avenida, cruzando por debajo de su bloque y dejando atrás el ruido del gentío. Al llegar al aparcamiento de autociclos se encontró con que solo quedaba uno de cuatro plazas. Pensó que aquello era una señal para volver a dormir a su apartamento: un autociclo de cuatro tenía que pedalearse al menos por dos personas, una era imposible, y caminar en línea recta hasta la estación se le antojaba aburrido y eterno. Siempre solía haber un par de vehículos de dos plazas, pero algo habría cambiado esa mañana.

No llegó a acercarse demasiado al autociclo ni a la avenida. No quería que alguien que tuviera alguna plaza disponible y se desplazara en su misma dirección la viera y le preguntara si necesitaba transporte.

—¿Algún problema? —le dijo un militar sorprendiéndola.

Berta lo miró durante un segundo. No lo había escuchado acercarse en su ciclomotor, debía de haber llegado solo con el pedaleo, sobre el acerado. Algunos militares solían dar vueltas con sus ciclomotores a primera hora para ofrecerse a llevar a una chica en particular o en general.

—Ehmm… Bueno, he tenido un problema en el baño y parece ser que no tengo forma de ir al trabajo —dijo esbozando una falsa sonrisa. No le sonaba de nada aquel muchacho y menos con casco y gafas solares. Eran muchísimos los que le habían enviado solicitudes de matrimonio, miles. Confió en que no fuera uno de ellos, al menos todavía.

—Sube. ¿Dónde es? —preguntó el fornido militar, que sonrió también.

—La estación oeste —Berta se sintió realmente aliviada al ver que el militar no la conocía.

El militar se presentó y durante el veloz trayecto trató de sonsacarle cortésmente todo sobre ella; familia, amigos, aficiones, lugares de paseo… La chica respondió a todo, aunque escuetamente. Al fin y al cabo, se enteraría al consultar su ficha e intentaría cortejarla igualmente.

Mientras se agarraba a su firme torso, Berta se imaginó acostándose con aquel militar del que ya no recordaba su nombre. El descubrimiento del sexo con Yago había despertado algo en ella que, aunque el propio Yago satisfacía, no evitaba que de vez en cuando le generara fantasías.

El único con el que se plantearía casarse y tener hijos era precisamente el único soltero que conocía que no le había pedido matrimonio ni hablado de engendrar hijos, aun habiéndose acostado con ella varias veces. Era cuestión de tiempo que se quedara embarazada Vivían en pecado y eso le gustaba, pero pronto llegaría el momento en el que, por ley, como mujer, tendría que estar ya casada y esperando a su primer hijo. Yago era hombre, por lo que, a pesar de ser mayor que ella, tenía el doble de tiempo para casarse. Sabía que no estaba enamorado de ella, que aún seguía pensando en su primer amor, sin embargo, no podía estar celosa del pasado. Todo el mundo tenía uno y aquel, como buen pasado, no iba a volver. Si seguían juntos, más tarde o más temprano terminara olvidándola o poniéndola a ella por delante, sin atisbos de duda.

Yago era lo mejor que podría encontrar.

—Puedo venir a recogerte de vuelta a la tarde… —empezó a decir el militar, pero Berta le interrumpió.

—No te preocupes, mis compis cuentan conmigo para la vuelta. Están acostumbrados a que no llegue a las idas —se excusó Berta mientras se bajaba apresuradamente del ciclomotor.

—Bueno, entonces quizás otra mañana te traiga.

—Claro, eso seguro, soy la peor. ¡Gracias, gracias! —Berta agitó la mano en el aire y echó a correr.

Aquel militar debía ser de la edad de Yago, unos años mayor que ella. No había sido insistente ni descarado y por ello le había resultado simpático, pero sabía que en el fondo sería como todos los hombres y no le interesaría su vida ni conversar con ella, solo penetrarla una y otra vez.

Berta corrió hacia la puerta blindada que sobresalía de la muralla a unos metros del gran portón cerrado. Se detuvo unos instantes ante ella. Le extrañó que no hubiera una pareja de militares custodiándola, aunque lo prefirió así. Salvo en el caso de Jaime y Jacinto, entrar y salir podía eternizarse en un martirio de conversaciones absurdas plagadas de piropos forzados y repetitivos. Levantó la muñeca y pasó su pulsera sobre el lector de seguridad. La puerta se abrió con una descarga eléctrica que produjo un breve zumbido y Berta entró quitándose las gafas solares.

Escuchó más voces de las habituales en el gran garaje de los patrulleros, pero no quiso perder tiempo en asomarse, llegaba bastante tarde. Subió las escaleras lo más rápido que pudo y entró jadeando en la sala de control.

—Hombre, nos honras por fin con tu presencia. Anda, acércate —dijo Julián, elevando la voz desde la otra punta de sala mientras todos la miraban.

Algo raro pasaba, casi todos estaban de pie mirando por los ventanales antes de volcar su atención sobre ella. También estaba allí sor Lucía, que avanzó sonriente hacia Berta cuando todos volvieron a mirar al exterior. Berta esbozó una sonrisa de circunstancia y caminó hacia la monja.

—¡Cuánto tiempo, Berta!, ¿cómo te va la vida? —dijo la monja.

—Bien, bien… —respondió Berta algo nerviosa.

—Sigues tan despistada e impuntual como siempre, ¿no? —preguntó sonriendo sor Lucía.

—Hay cosas difíciles de cambiar. Aunque me esmero.

—Cuando seas madre, todo cambiará. Ya verás —le aseguró sor Lucía, tocándole la mejilla.

—Espero con ansias encontrar el hombre adecuado, pero es difícil, hermana.

—No te preocupes. Llegará… a última hora, como tú —dijo sor Lucía. Cogió a Berta del brazo y se encaminó junto a ella hacia donde estaban los demás.

—¿Y qué hace aquí, fuera del convento, ha ocurrido algo?

—Me han enviado la madre superiora y la alcaldesa para dictaminar si el Gran Diluvio va a comenzar.

—¿El Gran Diluvio? Pensaba que…

—Son cuentos de viejos —la interrumpió sor Lucía susurrando.

—¿Y por qué ahora?

—Ha acontecido una lluvia-fuego, la primera en más de cien años.

—¿Dónde exactamente? —quiso saber Berta, preocupada por Yago.

—Hacia el norte. Desconocemos su extensión y su fuerza. Ayer se perdió el contacto con los dos patrulleros y aún no sabemos nada de ellos, aunque la lluvia ya ha cesado. Si en una hora seguimos sin noticias, mandaré a los militares. Quizás hayan muerto —dijo sor Lucía sin delicadeza, ya que ignoraba su relación, amorosa o no, con Yago.

Al llegar, todos se apartaron, dejando paso libre a Berta para llegar a su puesto. Se sentó y miró de reojo a Julián, esperando que le diese alguna instrucción.

—Anda, llámalos, que hace rato que no los llamamos —dijo Julián sin apartar la mirada del horizonte.

Berta se acercó el micrófono y levantó el interruptor metálico.

—Patrullero treinta y cuatro, responda… —Esperó unos segundos y volvió a insistir.

—Patrullero treinta y siete, responda…—Igualmente esperó unos instantes y repitió la llamada.

—Bueno, pues nada, esperamos hasta las diez y que salgan los militares, como ha ordenado sor Lucía —anunció Julián.

—Lo que usted diga, don Julián —respondió la chica.

Berta miró la hora en su pulsera, aún faltaban treinta minutos. ¿Le habría sorprendido la lluvia-fuego a Yago y habría muerto? Empezó a agobiarse y sintió en su cuerpo el mismo calor que había sentido al subir corriendo las escaleras. Las mejillas le ardían y supo que se ponían roja. Respiró profundamente tratando de no hacer ruido y se bajó con disimulo un poco la cremallera del mono. Luego se inclinó hacia adelante, apoyando los codos y llevándose las manos a las mejillas.

No podía ser. Yago no podía haber muerto y las lluvias-fuego no podían haber vuelto. Eso significaría que toda posibilidad de huir de la ciudad, de ser feliz, se habría esfumado, justo cuando más cerca parecía estar. Trató de concentrarse en otra cosa; empezaba a sentirse muy incómoda entre tanta gente. Oyó cómo sor Lucía cuchicheaba con Julián sobre que aquello era evidentemente un caso aislado, que podría darse alguna lluvia-fuego más pero que no sería la norma. Eso no la consoló. Sin Yago nada tenía sentido.

De repente, en el radar apareció una señal y don Julián dio un pequeño empujón a Berta que la hizo reaccionar.

—Patrullero treinta y cuatro… Patrullero treinta y siete… —volvió a decir Berta.

Tras unos instantes, comenzaron a escucharse una especie de interferencias.

—¿Eres tú, guapa? ¿Irene? —preguntó Ramón.

—Negativo, patrullero treinta y cuatro. Soy Berta —dijo la chica tratando de aparentar seriedad.

—¡Ahhh!, mejor. Esta noche hay verbena, ¿vas a ir?

Berta se quedó bloqueada. No era la primera vez que se le insinuaba, pero sí delante de gente como sor Lucía o Julián. Este último le quitó el micrófono a Berta.

—Patrullero treinta y cuatro, informe inmediatamente acerca de la lluvia-fuego —ordenó don Julián elevando la voz.

—¿Qué lluvia-fuego? Esto está estupendamente, ni llueve ni nada.

—Diríjase a su dársena y espere instrucciones —dijo Julián agarrando con fuerza el micrófono.

El veterano militar masculló una maldición y siguió mirando a través del ventanal, como todos, aunque Ramón aún no había salido del bosque y no se le veía.

Berta se concentró en el radar, deseando que otro punto apareciera en él y como si la fuerza de su deseo lo hubiera hecho posible, otro punto apareció casi al instante.

—Aquí patrullero treinta y siete para estación oeste —dijo Yago al fin.

—Aquí estación oeste, adelante —contestó Berta sonriente.

—¿Berta? —preguntó el joven patrullero.

—Sí, soy yo.

—Necesito que avises a don Julián, si es que no lo sabe ya. Ha habido una lluvia… fuego y llevo lecturas de algunos globos.

—Estamos al corriente. Vuelve a casa, compañero —dijo Berta sin poder disimular una enorme sonrisa.