*Publicado en el libro recopilatorio Relatos de la Mugre (2003).

Ilustración:

Loles Romero, 2019.

©Héctor Espadas


 

Lady jazz

     Los bares de algunos hoteles de categoría suelen ser tranquilos lugares sin ventanas: copas caras con surtido de frutos secos y golosinas, suelo enmoquetado, asientos cómodos y cierta oscuridad. Luis sentía que a sus treinta años se estaba convirtiendo en todo un viejo, aunque no le importaba mientras pudiera hacerlo con aquel estilo. Le dio el último trago a su segundo mojito de la noche y lo depositó sobre la pequeña mesa en la que estaba sentado solo. Echó de nuevo un vistazo a su alrededor y se sintió aliviado al comprobar que seguía sin ser el único solitario.

     —Another mojito, please —farfulló a la camarera cuando pasó por su lado.

     Casi le pregunta que qué pasaba con la música, pero no estuvo muy seguro de si lograría entender la respuesta. Habían dejado de tocar momentos antes de que entrara, justo al despedirse de Eva, y confiaba en que se habían tomado un descanso, ya que no habían guardado los instrumentos y según el cartel de la entrada el show duraría hasta medianoche. Sin embargo, la espera empezaba a ser demasiado larga. La camarera regresó enseguida y, tras dejar la copa sobre un nuevo posavasos, le ofreció la PDA a Luis para que firmara el conforme y lo cargaran a su habitación. Aquella vez al fin cogió bien el lápiz electrónico y no se pinchó el dedo al firmar. Miró triunfante a la camarera y esta sonrió. Luis no sabía cómo decir en inglés: «Esta vez no me he pinchado», así que le devolvió el aparato sin más. Al alejarse, el muchacho no pudo evitar fijarse de nuevo en la silueta de la chica y suspiró. Dio gracias por no saber apenas inglés y así no meter la pata con otra mujer en la misma noche.

     Se encontraba en aquel hotel de Budapest por trabajo. Estaba en nómina de una importante editorial y, aunque oficialmente seguía siendo solo corrector, hacía dos años que le habían subido ligeramente el sueldo y añadido funciones de editor. Se encontraba al frente de una colección de libros sobre estudios, ensayos y trabajos de investigación de todo tipo escritos por especialistas con algún mínimo de reconocimiento. Eran libros que se vendían solos, aunque únicamente copaban los círculos especializados a los que pertenecían, sin llegar al público general. Para Luis—soltero y sin cargas— el salario estaba más que bien y, además, siempre le costeaban los pocos viajes que realizaba para entrevistarse personalmente con algún autor reincidente, o sea, muy rentable. Normalmente no salía de España, pero con Eva ya se había encontrado tres veces en el extranjero. Luis estaba encantado con que la editorial lo mandara a pasar un par de días en un buen hotel y verla. Se habían hecho amigos, aunque Luis siempre había fantaseado con ser algo más. Le parecía una mujer encantadora; tenía diez años más que él y la cabeza muy bien amueblada. Era historiadora del arte, trabajaba como restauradora y solía redactar un libro al año.

     La negativa de la mujer a tomarse una simple copa en el pub, tras la protocolaria cena en el restaurante del mismo hotel, se había hecho extensible a cualquier relación fuera de lo laboral. Luis no había insinuado nada en ningún momento ni se había tomado confianzas con ella, pero Eva había respondido claramente a una pregunta que aún Luis no había formulado y ambos lo sabían. No afectaría a su relación laboral, no demasiado; era obvio que el trato entre los dos se enfriaría y se reduciría al estrictamente necesario. A Luis le apenaba eso, porque, independientemente de sus posibles intenciones, creía que podían ser amigos. Habían empezado a serlo. Tomar una copa mientras escuchaban música era algo que le apetecía compartir con ella. En el pasado, la música había sido su pasión y nunca desaprovechaba las pocas veces que se hospedaba en un hotel con esos bares tan característicos en los que tocaban auténticos virtuosos, casi siempre en la línea del jazz o bossa nova. Aún tenía idealizada esa vida, la del artista, y admiraba a aquellos que no se habían rendido como él. Luis abandonó la música y los intentos de trabajar como periodista cuando llegó la crisis y Cristina, su novia de entonces, lo dejó. De vez en cuando volvía a enchufar su teclado, tratando de recordar viejos tiempos, pero ya no era lo mismo.

     Al fin los músicos reaparecieron. Primero tres de ellos, cincuentones con pajaritas y smokings negros, que empezaron a trastear sus instrumentos —batería, contrabajo y saxofón—. Al lado del piano de cola apareció una mujer esbelta y atractiva, de unos cuarenta años, con un traje de noche escotado, que dedicó una mirada y una sonrisa a Luis —o eso creyó él— mientras sus compañeros terminaban de prepararse. La mujer agarró el micrófono y se puso a hablar. Luis dedujo que estaba presentando a los músicos. Tenían pinta de haber dedicado todas sus vidas a sus instrumentos. Luego, señaló el piano, al que nadie se había sentado, y dijo algo que Luis no entendió. El resto de músicos puso una mueca seria y agacharon la cabeza.

     Empezaron a tocar y la mujer se les unió pronto. A Luis aquel espectáculo le resultó hipnótico, a pesar de que había visto decenas de actuaciones los últimos años. Quizás empezaba a sentirse borracho y falto de cariño, porque le pareció que la mujer se contoneaba y gesticulaba majestuosamente, como si la hubieran sacado de una película. Todo a su alrededor se difuminaba, incluidos los músicos, y Luis se sintió extrañamente cautivado.

     —Another mojito, sir? —preguntó la camarera sacándolo del trance.

     —Ehmm… Yes, please? —respondió sorprendido al encontrar su copa vacía.

     La voz de la cantante era realmente cautivadora y las melodías y ritmos de los instrumentos, perfectos. Tanto, que apenas se notaba que faltaba el piano. Tan solo alguien que conociera aquellas canciones, como Luis, se daría cuenta. Aunque hacía mucho tiempo que no tocaba más que para sí mismo, según se iba emborrachando más se le pasaba por la cabeza ofrecerse a acompañarles. Se puso a golpear la mesa con los dedos, como si también estuviera tocando. Luis se había olvidado completamente de Eva—y de Cristina—, la verdad era que se estaba olvidando de todo. Se sentía realmente cómodo en aquel sillón y le empezó a parecer que estaba descalzo y que sus pies reposaban sobre una arena fina y suave. Los párpados le empezaron a pesar y le costó mantener la cabeza erguida y quieta. «No he bebido tanto», pensó mientras se fundía a negro.

     —¿Tocas el piano entonces?

     Luis abrió los ojos de golpe. La cantante estaba sentada a su lado. El pub parecía más oscuro, borroso. Confuso, miró al escenario y comprobó que la mujer seguía allí también, interpretando las canciones con el resto del grupo, aunque se los oía con menos fuerza, como si se hubieran alejado. Estaba en ambos sitios a la vez. Obviamente estaba soñando.

     —¿Hablas español? —preguntó aturdido el muchacho.

     —Yo hablo el idioma universal, que es la música —dijo la mujer sin mover los labios.

     Luis sonrió, la noche podía no acabar mal después de todo, aunque fuera en sueños.

     —Yo lo hablaba, pero ya no. Hubo un tiempo en que hubiese vendido mi alma al diablo por ser un gran músico —balbuceó Luis.

     —¿Y ya no?

     La mujer seguía sin mover la boca al hablar. Su voz parecía totalmente distinta a la que tenía mientras cantaba y Luis la observó en el escenario. Aquella mujer era objetivamente atractiva y su voz la hacía poderosa. Luis la deseó.

     —Bueno, supongo que sí —admitió el joven terriblemente apasionado.

     Luis despertó. La camarera estaba frente a él, observándolo y tras ella, el grupo seguía tocando. En la mesita había un nuevo mojito y la PDA. Corrió a firmar y se pinchó.

     —¡Ay!

     —Are you okey, sir?

     —Yes, yes —respondió el muchacho tratando de aparentar normalidad.

     La camarera cogió la PDA y el lápiz y los observó frunciendo el ceño. Luego volvió la mirada a Luis.

     —All okey, really —dijo Luis alzando su mano y girándola.

     Ya no se sentía adormilado, sí cansado y entumecido, como si llevara horas sentado en una mala postura. Los ojos le molestaban y se los frotó varias veces, hasta que decidió ir a los servicios a enjaguarse la cara. La excesiva luminosidad de la recepción del hotel le golpeó al salir y necesito un momento para adaptarse.  Se sintió aliviado, como si hubiera salido de un garito cargado de humo, pero no era así. Agradeció la sensación y no le dio mayor importancia.

     Ya en los baños, vertió varias veces agua en sus manos y de ahí a la cara. Se sentía mareado. Cerró los ojos y se agarró al lavabo.

     —¿Una noche dura?

     Luis miró atónito a su derecha. Un hombre mayor estaba limpiándose las manos en el lavabo contiguo. O Luis se había dormido estando de pie o el hombre había aparecido de la nada. Su cara le sonaba, pero no sabía de qué. Posiblemente se habrían cruzado en el hotel.

     —Algo así. ¿Es usted español? —replicó Luis tras unos segundos, aparentando normalidad.

     —No, no. Mi mujer lo era… —el hombre se quedó pensativo un instante—. ¿Sabe? Lo más importante en esta vida es permanecer íntegro, no venderse a nadie ni a nada…

     —Bueno, lamentablemente hoy todo se compra y se vende. El mundo pone un precio y uno tiene que apañárselas para pagarlo —interrumpió Luis al hombre, desechando sus consejos.

     El caballero pareció no tomarse a bien el cinismo de Luis y, sin secarse las manos ni decir nada más, salió de los servicios, aunque Luis no escuchó la puerta. El muchacho se dio cuenta entonces de que se orinaba y rápidamente se bajó la cremallera y se puso frente a uno de los urinarios. Exhaló un largo suspiro y poco después, volvía estar en el lavabo, echándose agua en la cara y en la nuca.

     Al regresar al bar se encontró con que la música había terminado. Extrañado, sacó su móvil para ver la hora y comprobó que, efectivamente, ya pasaban las doce. Supuso que debía estar muy borracho a pesar de lo poco que había bebido y había perdido la noción del tiempo. Tan solo quedaban dos de los músicos que ya se estaban marchando. Al verlos, Luis tuvo la sensación de que el hombre del baño era el tercero de ellos, pero le resultaba difícil recordar ambas caras. Con algún que otro paso en falso, volvió a su sitio y hurgó en el platillo de frutos secos hasta seleccionar cuatro quicos de esos grandes y picantes. Los devoró enseguida, masticando con fuerza, y le dio un largo sorbo a la copa. Los clientes se fueron marchando hasta dejarlo solo. Al terminarse el mojito, se percató que tampoco estaba la camarera y en un impulso se acercó al piano y comenzó a tocar. No lo pensó mucho y, aunque no era jazz, interpretó de manera aceptable Volver, de Luis Gardel. Había olvidado lo que se sentía al tocar música, sobre todo en un buen piano. Fantaseó con que la cantante le proponía unirse a ellos y él aceptaba. Los contratarían para amenizar cruceros y pasarían una larga temporada de puerto en puerto. La mujer estaría cansada de andar con tanto viejo, eso jugaría a favor del muchacho, que terminaría liándose con ella y teniendo una apasionada relación.

     Justo al acabar de tocar, alguien comenzó a aplaudir. Luis se puso en pie sonriente, totalmente embriagado, y descubrió que se trataba de la cantante, sentada en la barra.

     —¡Bravo! —exclamó la mujer.

     Sin pensárselo dos veces, Luis se encaminó hacia ella, soltando un «gracias» por el camino.

     —No parece usted española…

     —No lo soy, aunque lo era —admitió la mujer. Su voz no se parecía a la que había oído en su sueño y se apreciaba ligeramente un acento inglés.

     —¿A qué se refiere? —inquirió Luis apoyando el codo en la barra, dejando un taburete entre ambos.

     —Bueno, ya sabe, uno cambia con los años.

     —Sí, eso dicen.

     —¿Una copa?

     —Si me deja, invito yo.

     —Como quiera.

     —Canta usted muy bien, ¿no le habrá vendido su alma al diablo para ello, verdad? —bromeó Luis recordando su sueño.

     —Se podría decir que sí.

     —Vaya –rio Luis—. Yo también lo haría si pudiera.

     —Usted ya toca muy bien.

     —Aunque así fuera.

     La camarera apareció tras la barra y dejó la PDA sobre ella. Luis cogió de nuevo con cuidado el lápiz. Se suponía que aquella protuberancia que tenía era para poder cogerlo correctamente, pero no lograba estar seguro de atinar. Firmó y se volvió a pinchar. Esta vez, le salió una gotita de sangre, que cayó justamente sobre su firma, en la pantalla de la PDA, que pareció brillar.

     —Hecho entonces —dijo la camarera en perfecto castellano. Esa sí era la voz de su sueño.

     —Lo siento —dijo la cantante poniéndose en pie y alejándose.

     —Pero ¿qué…

     —Tranquilo, vamos a ver qué tal se te da el repertorio —dispuso la chica.

     Cuando Luis se dio cuenta, estaba de nuevo sentado al piano, como si se hubiera teletransportado. Se sentía raro, como si llevara varias capas de abrigo. Intentó moverse y se dio cuenta que todo su cuerpo estaba hinchado. Se miró las manos y luego se tocó la cara, notándose arrugas pronunciadas.

     —Ahora tienes décadas de experiencia, eres todo un maestro, demuéstralo —ordenó la camarera.

     Luis se puso a tocar otra de Gardel, Por una cabeza. Mientras lo hacía se percató de que, desde la salida, eran observados por la cantante y el hombre del baño, el tercer músico. Parecían afligidos.

     —¡Joder! ¡Deja ya al puto Gardel y toca algo en condiciones! —gritó la camarera enfurecida.

     Luis cambió automáticamente y se puso a tocar I put a spell on you. La chica se dio cuenta de que algo le había llamado la atención tras ella. Miró y vio a la cantante y al músico en la puerta.

     —Contigo ya hablaré, Nandor, no creas que no me he dado cuenta —advirtió la muchacha volviendo a prestar atención a Luis.

     La pareja agachó la cabeza, se cogió de la mano y se marchó, cerrando con llave tras de sí.