Género: CIENCIA FICCIÓN. Año: 2.003. Palabras: 771. Tiempo de lectura: 3 minutos a 250 ppm. Ilustración: Cecilia G. F., 2019.

Sinopsis: Tras un único y duro año de trabajo, un joven puede jubilarse al fin.


*Publicado en el libro recopilatorio Relatos de la Mugre (2003).

*Publicado en el fanzine Aurora Bitzine nº 49 (2006), bajo el título «De Arenea Tempis».


©Héctor Espadas


Las arañas del tiempo

     La espera me estaba matando. Cada día de los dos años que había pasado encerrado en aquella habitación había sentido cómo los minutos y las horas trepaban por mi espalda. Como si fueran arañitas que tejían su red y me aferraban cada vez más a aquel habitáculo. Pronto el temporizador llegaría a cero por fin. Pronto las arañitas se marcharían y dejarían de tejer tiempo sobre mí. Cero años, cero meses, cero días, cero horas, cero minutos, cero segundos y la compuerta se abriría. Mi tiempo en aquel espacio terminaba, pero los segundos parecían más lentos que nunca. Las arañas se lo estaban tomando con tranquilidad a sabiendas de que escaparía al fin. Aún quedaban siete minutos.

     En todo ese periodo no había hablado con nadie ni había recibido noticias del mundo exterior, había estado tan solo como ella. Decidimos acogernos a la nueva normativa de planes intensivos de trabajo para poder comprar un apartamento, abonando una buena entrada y que nos quedase una hipoteca diminuta. Dieciséis horas al día, siete días a la semana y una pastilla de Mental 23 diaria. En solo dos años de nuestras vidas podríamos casarnos y jubilarnos. Unas amigas ya lo habían hecho y eso fue lo que finalmente nos empujó a decidirnos. Aquel nuevo sistema de trabajo solo estaba teniendo aceptación entre los jóvenes; los sindicatos estaban radicalmente en contra y había muchas asociaciones y colectivos que se oponían al consumo del Mental 23. Nosotros, al principio, dudábamos, pero, tras visitar a Ana y Lorena en su ático de Saturno, nos decidimos. Nuestros padres nunca lo aceptaron y se habían enfadado con nosotros, pero eran nuestras vidas.

     Miré de nuevo el temporizador. Aún quedaban cinco minutos. En mi mente podía oír un segundero estruendoso e imaginaba que a cada golpe las arañas se movían. Todo estaba sumido en el silencio y por primera vez en dos años no sabía qué hacer. Entre aquellas paredes siempre había estado frente al ordenador, comiendo, yendo al baño y durmiendo, en una repetición constante, pero aquella rutina estaba a punto de romperse y no la retomaría jamás. Me sentía como si estuviese despertando de una larga siesta de verano, comenzaba a quitarme las telarañas de la cabeza. Me moría de ganas de poder echar a correr por algún sitio, sentir la brisa en un monodeslizador, zambullirme en una piscina y comer algo de verdad. Necesitaba masticar, saltar y gritar.

     Aunque no lo habíamos hablado, estaba seguro de que lo primero que haríamos sería realizar una breve visita a sus padres y luego a los míos. Tomaríamos algo con nuestros amigos en el cyberpub y, al día siguiente, cuando cayera la tarde, nos casaríamos y elegiríamos un apartamento. Ya habíamos reservado el bioparque de Félix Rodríguez de la Fuente para la boda. El tiempo de espera era de un año, así que no tuvimos problemas en elegir fecha. Toda una nueva vida me esperaba tras aquella compuerta.

     Miré otra vez el tiempo restante: dos minutos justos. Cuando pasasen veintitrés horas ya estaríamos casados. No podía creerme que al fin iba a llegar el momento de abandonar aquella habitación. Había estado tanto tiempo allí, solo, que llegué a pensar que no existía nada más, que aquello era el mundo y que estaría atrapado en aquel bucle hasta el fin de los tiempos. No creí que fuera a ser tan duro. El aislamiento y el esfuerzo psíquico hacían mella en cualquiera, a pesar del Mental 23. Eché un nuevo vistazo a mi alrededor, se suponía que debía dejar el cuarto como lo encontré. El caso era que nunca había cambiado. Solo había una cama y la mesa con el ordenador. Era una habitación sin distracciones.

     Ya solo quedaban cuarenta y cinco segundos. Su compuerta estaba frente a la mía. Me puse en pie y al poco la puerta se abrió por fin. Se acabó. Mis desconocidos compañeros también salían al pasillo, todos con ojeras y desaliñados. Supuse que yo tendría el mismo aspecto. No saludé a ninguno; sólo quería verla a ella. Su puerta estaba abierta. Sonreí y pensé que estaba escondida, esperando a que yo entrase desesperado a buscarla, creyendo que no estaba. Entré con cautela para sorprenderla yo a ella, pero no estaba.

     Un supervisor apareció y me informó de que se había marchado diez meses atrás, rompiendo su contrato. No podía proporcionarme más información. Le pregunté que si me estaba esperando a la salida y me indicó que nadie me esperaba. Me fui arrastrando los pies hasta el vestuario, tirando de las telarañas que aún se agarraban a mí. Aquello no pintaba nada bien.