Género: FANTASÍA ÉPICA. Año: 2.020. Palabras: 2.721. Tiempo de lectura: 11 minutos a 250 ppm. Ilustración: Vito Sicilia, 2020.

Sinopsis: El hijo de un posadero no desea continuar el negocio familiar y sueña con ser un aventurero.


©Héctor Espadas


Sed de aventuras

     La posada El Hogar de Brauwly era la más fronteriza con el Reino sin Rey. No era una gran posada, ni en tamaño ni en calidad, pero no le faltaba clientela, en su mayoría formada por aventureros que querían explorar el país vecino y no solían regresar. Ras Bulbergil, el propietario, convencía a muchos de que le pagaran por adelantado una cama y una comida para cuando regresaran: «Vaya bien o vaya mal, querréis poder emborracharos y dormir bajo techo, sobre un colchón, pero quizás os roben o extraviéis vuestro dinero. Muchos son los peligros, como sabéis, en el Reino sin Rey». Ras había aprendido el negocio de su padre, este del suyo y este del primer Bulbergil que fue propietario de la posada, Brauwly Bulbergil. Sin embargo, si del pequeño Olett dependiese —y era así— no habría más Bulbergil posaderos, al menos él no lo sería.

     Olett tenía trece años y desde que tenía consciencia había estado ayudando en las labores de la posada. No tenía hermanos ni había conocido nunca a otro niño, por lo que había jugado muy poco y siempre en soledad. Su único entretenimiento era escuchar las historias de los viajeros. Había visto pasar hombres y mujeres de todos los rincones del país, incluso algún extranjero, y parecía que en todos los lugares pasaban cosas interesantes menos allí, a pesar de ser el sitio más cercano a la patria de los goblins y las hadas. El mundo era una cosa y los alrededores de la posada, otra. Olett se negaba a seguir limpiando la letrina y los orinales cada mañana de su vida hasta tener un hijo que lo hiciera por él. No quería frotar más espaldas roñosas en los baños. No se lo había dicho a sus padres, pero era obvio. Ya era bastante bueno rastreando, cazando y —lo más importante— cocinando. Estaba convencido de que cualquier grupo vería potencial en él, aunque llevaba unos meses ofreciendo sus servicios a aquellos que le daban buena espina. Lo habían ignorado completamente en tres ocasiones, en otras tantas se habían reído de él y en dos le habían insultado y gritado.

     —Perdónenle, es que desde que un bardo anduvo rondando por aquí se le llenó la cabeza de tonterías —se excusaba Ras, llevándose a rastras del pelo o de una oreja a Olett.

     Cierto era que Toltheod, el bardo, había influido en el chico, aunque en realidad lo único que hizo fue apuntalar con firmeza sus anhelos y sueños: viajar, enfrentarse a malhechores y salvar doncellas. Llegar a ser quizás con el tiempo un gran aventurero, digno de una canción. Gracias a las historias del bardo, Olett le había perdido miedo a la muerte o a ser herido; eso era lo que le esperaba a cualquiera al vivir peligros y adentrarse en lo desconocido. La vida de un héroe o de quien pretendiera serlo era como jugar a los dados, nunca se sabía con certeza qué les podía pasar o dónde estarían los días venideros. La vida de un bardo era parecida a la de un aventurero y eran bien recibidos entre ellos. Toltheod estuvo una larga temporada apareciendo por El Hogar de Brauwly. Ras rehusó contratarlo y le cobraba una abusiva comisión por las propinas que conseguía, pero no dejó de ir por allí. A veces, comía, bebía y dormía en la posada, aunque casi todo el tiempo lo pasaba deambulando por la zona. Olett procuraba encontrárselo siempre que iba a cazar o pasear y entre los dos surgió pronto una amistad cómplice que escondían fuera de los muros de la posada para que Ras no les reprendiera. Toltheod se convirtió en el confidente del niño, en su primer amigo, pero, tras seis meses, se despidió de Olett, regalándole una daga. El bardo afirmó con solemnidad que era mágica y que la había encontrado en tierras de los goblins. Olett, entre lágrimas, fingió creérselo. Toltheod no dejó que Olett le acompañara, le convenció de que, si iba con él, terminaría siendo un bardo y no un aventurero.

     Desde entonces, el chico se había obsesionado en perfeccionar sus habilidades y en practicar con la daga, golpeando troncos. Pasaron solo unos meses hasta que Olett empezó a buscar un grupo que lo aceptara. Lo único que había conseguido es que una tal Susandra le prometiera que, si a su vuelta seguía convencido, hablaría con sus padres para que le dejaran unirse a su variopinto grupo: un viejo caballero repleto de cicatrices, dos bárbaros enormes que parecían gemelos, una arquera y un joven delgado y lánguido con la mirada siempre perdida. Ese joven no llevaba armas a la vista, por lo que debía ser un hechicero, un ladrón o un asesino. Salvo aquel, el resto fue muy afable, sobre todo Mont´su, el caballero, y Susandra, que era la líder; una guerrera cuya armadura ligera la hacía parecer aún más grande de lo que era. Sin embargo, ya había pasado un mes de aquello y todo apuntaba a que los pagos adelantados del grupo irían directamente a engrosar la supuesta herencia de Olett. El grupo no quiso decir adónde iba exactamente ni a qué, pero tenía pinta de ir a enfrentarse a muchos enemigos, o a uno muy poderoso, ya que llevaban con ellos un mulo con alforjas cargadas solo de armas.

     Olett había decidido esperar una semana más, tampoco es que hubieran pasado mejores candidatos por la posada, pero no podía esperarlos eternamente. Normalmente, los que regresaban del Reino sin Rey, lo hacían a las dos o tres semanas, pero pudiera ser que el grupo de Susandra hubiese planeado adentrarse más que ninguno. Quizás hasta el mismísimo castillo del Hechicero Negro. Toltheod le había contado que era una fortaleza enorme, custodiada por un ejército de goblins, en la que el hechicero guardaba innumerables tesoros y objetos mágicos. No se sabía si aquello era cierto, se sabía muy poco sobre qué había en el Reino sin Rey, salvo goblins, hadas, hechiceros y algún monstruo. Por suerte, sus habitantes no parecían tener el mismo afán que tenían los humanos en aventurarse en tierras ajenas. Muchos decían que dos mil años atrás las fuerzas oscuras del Reino sin Rey se enfrentaron a los demás reinos y perdieron. Sus ejércitos fueron diezmados, al igual que su territorio y a los supervivientes se les advirtió de que, si alguno de ellos cruzaba una frontera, todos los reinos volverían a unirse para exterminarlos de una vez por todas. Eso decían todos, pero nadie recordaba cuándo sucedió exactamente ni ninguna de las naciones conservaba documentos tan antiguos. Lo cierto era que allí, en aquel lugar fronterizo, Olett siempre se había sentido a salvo. Nunca se había visto un ser maligno en los alrededores, tan solo aventureros.

     Aquel día, el muchacho no había pensado mucho en Susandra ni en su grupo hasta que al atardecer, Frandoh, el joven paliducho, irrumpió en la posada jadeando. Cuando recuperó el aliento, se dirigió a la barra y observó a la docena de parroquianos que cenaban y o bebían.

     —¿Solo hay estos? —preguntó indignado a Olett.

     —¿A qué se refiere, señor? —dijo el chico confuso.

     —¿Son estos todos los clientes que hay hoy?

     —Diría que sí —respondió Olett tras echar un vistazo. —¿Dónde…?

     —¿Qué se le ofrece? —interrumpió Ras a su hijo, apartándolo.

     —Yo… Soy Frandoh, mis palabras clave son gallina y piedra. Mi grupo pagó por adelantado hará un mes.

Ras sacó de debajo de la barra un libro pesado y se puso a revisarlo. No tardó en encontrar lo que buscaba y se quedó pensativo.

     —¿Solo es usted? Hicieron una reserva de grupo, tiene que firmar aquí declarando que sus compañeros no han sobrevivido y que, si alguno aparece, tendrá que rendir cuentas exclusivamente con usted —expuso el posadero.

     —Así ha sido —dijo Frandoh cogiendo la pluma y firmando en el libro.

Olett lo observó atónito, sintió un nudo en la garganta al saber que Susandra y el resto habían muerto. Por un segundo creyó que se pondría a llorar, pero el extraño comportamiento de Frandoh llamó su atención. De nuevo volvió a examinar a los que allí estaban y también le preguntó a Ras si había algún cliente más. Se le veía nervioso y no dejaba de mirar hacia las ventanas.

     —¿Cuánto diría que queda para que sea totalmente de noche? —quiso saber el joven paliducho.

     —Quizás media hora, pero poco más —afirmó Ras.

     —Bien, pues deme de cenar y de beber —dijo el joven antes de marcharse al fondo del recinto, lejos de los otros comensales.

     Ras no dejó que Olett sirviera a Frandoh, los que regresaban no solían estar de buen humor. El chico se enfadó y salió de la posada. Le dio una patada a la puerta de los establos, cogió una piedra y la tiró lo más lejos que pudo. Cuando se tranquilizó, descubrió las huellas de Frandoh, no podían ser de otro, eran las únicas frescas que venían del norte. Oteó el cielo y, aunque sabía que era tarde para rastrear, decidió alejarse hasta dónde pudiera y marcar el lugar para el día siguiente. Quizás había abandonado a alguno de sus compañeros herido, no tenía pinta de ser de fiar.

     Olett no caminó más de veinte minutos, la noche lo oscureció todo. Aunque sabía perfectamente donde estaba, dejó una marca y trepó a un árbol cercano. El chico ya había observado muchas veces desde allí las tierras del Reino sin rey en la lejanía. La luna apenas lucía, pero Olett se quedó mirando, prefería quedarse allí un rato antes que volver. Susandra no aparecería y no se iría solo con Frandoh. Al menos ya sabía que podía dejar de esperar y seguir buscando otros candidatos. Trató de contentarse con eso. Se estaba bien en aquella gruesa rama, el chico estaba seguro de que se podría dormir en ella. Se puso más cómodo y se quedó escuchando a los búhos y a los demás animales nocturnos que comenzaban su actividad. Un trueno hizo que no se adormilara de todo. Extrañado, miró al horizonte. En el norte se había formado una tormenta de la nada y avanzaba rápidamente hacia él. El bosque se había quedado en silencio, como si supiera que pronto llegaría. El chico saltó al suelo y corrió a la posada.

     —Padre, se acerca una tormenta —gritó Olett al entrar.

     —¿Cómo que una tormenta? No es tiempo de tormentas —dijo Ras desconfiado, saliendo de detrás de la barra.

     —Ya, pero se acerca una desde el norte.

     Ras salió para comprobar lo que decía su hijo y al regresar, advirtió a los clientes, aunque a ninguno pareció importarle salvo a Frandoh, que parecía más inquieto por momentos. Dejó de comer y de beber y no le quitaba ojo a la puerta ni a las ventanas mientras se palpaba de vez en cuando el pecho, como si llevase un medallón al cuello, bajo la camisa. Ras volvió a salir y ordenó a Olett cerrar bien todo y asegurarlo. El posadero regresó al poco, con la carretilla llena de troncos y la dejó cerca de la chimenea. Luego le dijo a su hijo que avisase a su madre de la tormenta, a pesar de que ya se había acostado. Cuando lo hizo, ella rápidamente se levantó para ir a recoger la ropa tendida, pero antes de que lograra encender la vela, oyeron un estruendo en la parte de abajo. Madre e hijo corrieron hacia las escaleras y desde allí vieron horrorizados que había goblins entrando por una de las ventanas que habían destrozado y por la puerta. Olett nunca había visto uno de esos seres y por fin entendía eso de que, aunque eran muy diferentes entre sí, todos eran iguales. En esencia eran personas muy bajitas que vestían como bárbaros. Sus pieles iban del verde al gris, con ojos saltones y enormes narices y orejas. Algunos tenían las cabezas muy grandes, otros muy pequeñas; unos tenían pelo y otros no. Todos los comensales —menos uno— se levantaron y comenzaron a repelerlos sin problemas, pero el flujo de goblins no cesó, incluso lograron romper también las otras dos ventanas y entrar por ellas. Olett corrió a su cuarto a por su daga.

     Cuando regresó, los cadáveres de goblins empezaban a apilarse y un fuerte olor lo inundaba todo. Su madre intentó agarrarlo, pero logró zafarse y en un instante estuvo al lado de la barra. Su padre trató también de cogerlo sin éxito. Todos estaban luchando menos Frandoh, que había volcado su mesa y andaba escondido al fondo del local. Olett miró a los aventureros y buscó un hueco entre ellos. Antes de que pudiera encontrarlo, prácticamente toda la pared donde estaba la puerta estalló, lanzándolos contra el fondo.

     —Ya está bien de tonterías, entregadme lo que es mío. ¿De verdad pensabais que podías saquear sin consecuencias? —de entre los goblins surgió una figura de estatura normal, que permaneció oculta entre las sombras.

     Nadie pareció saber a qué se refería y contratacaron de nuevo. La figura salió a su encuentro, dejándose ver. A todas luces era un hechicero; calvo, con una larga barba blanca y vestido de negro. Ninguno se amedrentó, salvo Olett, que continuaba en el suelo dolorido, muy cercano a Frandoh. Un rayo llegó entonces hasta el hechicero desde el exterior y de sus manos brotaron otros dos, que alcanzaron a tres de sus oponentes y cayeron fulminados al suelo. El hechicero desapareció y continuaron entrando más y más goblins. La tormenta había llegado y, a falta de una pared, el viento soplaba salvajemente en la posada. La luz de la chimenea comenzaba a menguar y su calor era imperceptible. La situación ya no pintaba tan bien como al principio. Los aventureros supervivientes seguían aguantando, pero se les veía desbordados y alguno tenía ya una herida importante. Un goblin consiguió atravesar la línea de defensa y corrió hacía Olett y Frandoh. Cuando quiso darse cuenta, Olett ya lo tenía encima e, instintivamente, cerró los ojos y levantó los brazos para protegerse, soltando sin querer la daga. Sintió una punzada en la mano izquierda y su atacante logró tirarlo al suelo. Rápidamente se incorporó y vio cómo el goblin lo ignoraba, dándolo por anulado y yendo a por Frandoh. Entonces vio la daga en el suelo y, sin pensárselo dos veces, la cogió y se abalanzó sobre el goblin, clavándosela repetidas veces. Rodaron por el suelo y, al incorporarse, se percató de que se había puesto perdido de la sangre negruzca y maloliente de aquel ser. Se examinó las manos y descubrió que le faltaba el meñique izquierdo y que tenía un feo corte en el anular. Un dolor terrible le sobrevino y un escalofrío recorrió su cuerpo. Se dejó caer de rodillas, agarrándose la mano y enseguida se puso a buscar algo con que poder vendarse.

     En algún momento, volvió la mirada a la contienda y descubrió que ya no la había. Todos los aventureros yacían en el suelo y el hechicero, junto a su séquito de secuaces, se acercaba lentamente a ellos. Entonces algunos goblins comenzaron a caer por flechas que provenían del exterior y alguien de grandes dimensiones apareció de la nada repartiendo espadazos. Era Susandra. La guerrera logró pillar desprevenido al hechicero, que tuvo que tirarse al suelo para evitar ser golpeado. Otro rayo cayó sobre el nigromante y este volvió a canalizarlo en dos, uno sobre Susandra y otro que lanzó al exterior.

     —Ya está bien —dijo el hechicero, levitando hacia Olett, que quedó petrificado.

     Frandoh salió de detrás de la mesa cabizbajo, con algo en las manos.

     —¿Se refiere a esto, señor? Uno de ellos me dijo que se lo guardásemos mi hermano y yo, que temían que se lo robaran —dijo extendiendo las manos —. De a haber sabido que era robado, nos hubiéramos negado.

     El hechicero cogió el medallón y se quedó mirando enfurecido a Olett y Frandoh. Tras unos instantes, se dio la vuelta y desapareció, junto a los goblins y la tormenta. Olett se había orinado encima y estaba totalmente conmocionado, con la mirada perdida. Había cadáveres por todos lados y la posada estaba irreconocible. Su madre bajó corriendo las escaleras y su padre asomó tras la barra.

     — Tú querías unirte a nosotros, ¿verdad? —dijo Frandoh golpeándole el hombro—. Solo quedo yo, así que me vendría muy bien un nuevo socio.