Género: TERROR. Año: 2.007. Palabras: 1.304. Tiempo de lectura: 5 minutos a 250 ppm. Ilustración: Cecilia G. F., 2020.

Sinopsis: Elisa queda con un chico por internet para ir al cine, no desiste de encontrar a alguien especial.


©Héctor Espadas


Última sesión

     Era una noche fría de noviembre. Las calles no estaban muy concurridas y el ambiente había adquirido el tono anaranjado de las viejas bombillas de las farolas. En aquel cine apretujado entre bloques destacaba un gran luminoso blanco sobre el que se podían ver los pósters de las películas que se exhibían. Tan solo tenía dos salas—dos pósters— y la taquilla era una ventanilla a pie de calle. El que comprara su entrada ocuparía la estrecha acera. Se intuía que aquello llevaba mucho tiempo allí, probablemente habría sido un teatro en otra época. Muy cerca, Elisa, una chica con la mirada perdida y los brazos cruzados, que aparentaba tener unos treinta años, apoyaba la espalda en un coche. Internet había hecho del mundo un lugar más pequeño y en una ciudad universitaria era difícil no encontrar a alguien con quien probar a tomar una cerveza o ir al cine. Se podría decir que Elisa había estado en esa situación cientos de veces. Quedar era fácil, lo difícil era dar con el adecuado.

     El chico al que esperaba le pareció muy interesante desde el principio. No tenía fotos reales en su perfil, tan solo un par de imágenes desenfocadas, y no había querido pasarle ninguna. Aunque Elisa había sentido curiosidad por su aspecto antes de quedar, el físico no le importaba realmente. Sin embargo, ella sí tenía en su perfil fotos de sí misma. Cuidadosamente estudiadas para dar muestra de su estupendo físico sin llegar a resultar provocativa o insinuante. Elisa era consciente de que su cuerpo era su mejor reclamo, sobre todo en las redes de contactos en las que todos van ojeando fotos y, cuando alguien les gusta, miran su perfil o directamente mandan un mensaje. Elisa no podía quejarse, le habían llegado más de setenta mil solicitudes de contacto, tenía dónde elegir. A algunos podría resultarle frío que las relaciones humanas se iniciaran a través de una pantalla, para otros—los usuarios de esas redes— era algo más que práctico. Elisa había chateado tres o cuatro veces en una semana con Rubén, Constantin en la red en la que se encontraron, y le había parecido un tipo culto con buena conversación. Al principio creyó que el seudónimo de Rubén se debía al personaje de Constantine, de la película de Keanu Reeves, sobre todo por alguna de las fotos que mostraba Rubén en su perfil, pero resultó que ese era su apellido: Constantin. A Elisa le gustaba como sonaba, tenía fuerza.

     La penúltima sesión de la película que iban a ver, Underworld: Evolution, finalizó, y los únicos que habían acudido a verla, una pareja joven, salieron a la calle y pasaron junto a Elisa, que aspiró hondo por la nariz, como tratando de identificar el perfume de la chica. Debió resultarle insípido pues no reaccionó de ninguna manera, ni siquiera dejó de tener la mirada perdida. La pareja se alejó unos metros y dobló la esquina. Elisa, entonces, percibió que alguien se acercaba.

     —¿Elisa? –preguntó un joven que parecía haber salido de la nada.

     —Sí –respondió la chica ligeramente sorprendida—. ¿Rubén?

     Sonrieron y se besaron las mejillas. Los dos se examinaron rápidamente y volvieron a sonreír. Elisa era como Rubén esperaba y él, mucho mejor de lo que ella se había imaginado. Había acertado en que sería paliducho, pero en nada más. Era ligeramente fornido, alto, guapillo y con unos tremendos ojos azules. Se le veía tranquilo, quizás algo tímido. Por el contrario, la muchacha, que antes parecía un maniquí inanimado, se había vuelto muy expresiva.

     —Bueno, pues ya nos conocemos ¡y vamos a ver Underworld! –dijo Elisa entusiasmada.

     —Sí, este es el mejor cine que hay –replicó Rubén sin tanto entusiasmo.

     —Bueno es pintoresco pero viejísimo. No es el mejor ni de coña.

     —No es viejo, es antiguo –corrigió Rubén haciéndose el ofendido.

     —Anda, vamos a pillar las entradas antes de que se agoten –dijo Elisa echando a andar y tirando de la manga del abrigo de Rubén.

     La taquillera era una veinteañera que tenía la habilidad de hablar sin dejar de mascar chicle y ni de teclear su móvil. Les dio sus entradas y el cambio. También fue quien les atendió en el interior, tras una barra entera de mármol que hubiera resultado solemne si no fuera por la máquina de palomitas y los grifos de refrescos. Sin dejar de toquetear su teléfono, atendió a los clientes. Elisa pidió un vaso mediano de limón y Rubén de otro de cola. Este hizo un gesto de desaprobación ante la absorta taquillera, que no se dio cuenta. Elisa comenzó a hablar sobre la película anterior de la saga y volvió a tirar del abrigo del muchacho, llevándoselo hacia la sala. El acomodador les pidió las entradas y les abrió la puerta. Era un tipo alto, mayor y con pinta de llevar haciendo ese trabajo allí toda la vida. Sus movimientos eran mecánicos, incluso sus palabras parecían una grabación. Tenía una gran calva que nadie alcanzaba a ver y el pelo de los laterales rasurado. Entraron en la que, efectivamente, era una antigua sala de teatro, con su patio de butacas, su gallinero, sus palcos y su escenario en el que estaba la gran pantalla blanca. Mucha madera, suelo enmoquetado y cortinas rojas por todos lados. No discutieron por dónde sentarse, los dos querían los asientos más centrales posibles.

     —La verdad es que todo sigue como recordaba, salvo el personal —confesó Rubén ya sentado junto a ella—. Pero sigo sin entender por qué quisiste quedar aquí si no te gusta, por muy cerca que esté de tu casa. El multicines Hércules está a tres minutos…

     —Hueles muy bien —le interrumpió Elisa, acercándose hasta casi chocar las caras e inspirando profundamente por la nariz.

     —¿Ah, sí? —preguntó Rubén nervioso, halagado y sorprendido.

     —Tu apellido es realmente rumano.

     —¿Qué?

     Elisa dio un brinco, colocándose sobre él y mordiendo con fuerza su yugular. El muchacho no fue consciente de lo que estaba pasando o, más bien, fue incapaz de asimilarlo. Tampoco tuvo mucho tiempo. No sintió ningún dolor, tan solo que se quedaba rápidamente sin fuerzas, como aquella vez que le dio una bajada de tensión. No pudo resistirse, en unos segundos quedó inconsciente y tras cinco minutos, murió. Elisa no apartó los labios de su cuello en todo ese tiempo, succionándole la sangre. Cuando acabó, vio que la taquillera estaba allí de pie, con los brazos cruzados y masticando chicle. Ya no tecleaba el móvil.

     —Quiero que me conviertas —dijo autoritaria la muchacha.

     —Joder, ya lo hemos hablado. Aún no es el momento.

     —¿Y cuándo lo será?

     —Cuando yo lo diga –respondió firme Elisa, que se puso a rebuscar en el abrigo de Rubén hasta encontrar su móvil—. Borra todo rastro de mí –añadió lanzándole el aparato.

     La chica lo cogió al vuelo y tras golpear el suelo con el pie en señal de protesta, se marchó, cruzándose con el acomodador, que entraba en la sala.

     —¿Recojo ya el cadáver, ama?

     —Sí, has cerrado con la reja y todo, ¿no?

     —Sí, ama, como siempre. Me alegra que al fin encontrara la sangre adecuada.

     —Yo también. Es una lata aguantar pesados y luego dejarlos marchar. Por cierto, cuando acabes con él, empieza a empaquetarlo todo.

     —¿Nos vamos?

     —Sí, eso contentará a la niña por un tiempo.

     —¿Y nadie sospechará porque el cine se cierre de repente, ama?

     —A nadie le pillará por sorpresa un viejo cine más que cierra. Más sospechoso es tenerlo abierto.

     El hombre asintió con la cabeza y se retiró en busca de los bártulos para deshacerse del cuerpo. Elisa pareció fundirse con las sombras y se esfumó, dejando solo a Rubén, con la mirada fija en la pantalla y la boca abierta. Las luces se apagaron y la última sesión de aquel majestuoso y nostálgico cine comenzó.