Género: CIENCIA FICCIÓN. Año: 2.019. Palabras: 2.898. Tiempo de lectura: 12 minutos a 250 ppm. Ilustración: Pablo Fernández, 2019.

Sinopsis: La colonia ha sido desmantelada y solo quedan Bárbara, el androide Rotson y un misterioso contenedor.


©Héctor Espadas


Último ataque a Horus Prime

     Horus Prime era una colonia minera como tantas otras a lo largo de la galaxia o al menos lo había sido hasta hacía dos meses, cuando la desmantelaron. Se construyó en la inhóspita luna del planeta Ro-78, en el sistema Arquímedes y, después de cincuenta años, ya no quedaba más que extraer. Tocaba trasladar las instalaciones. La vida de las colonias mineras se contaba en décadas, pocos eran los colonos que pasaban su existencia solo en una. Eran siempre reubicados, y la sociedad, sus lazos y su historia entrelazaban a otras en nuevas colonias. Tras casi un milenio, todos los colonos formaban una sola comunidad, una cultura propia. Se habían convertido en una nación nómada y desperdigada. Un pueblo que no conocía la pobreza ni las injusticias a cambio de no tener nunca un hogar. Cierto era que muchos jóvenes planetarios probaban a ser colonos unos años y luego lo dejaban; también que siempre había algún que otro colono —o familias enteras— que abandonaba aquella vida y decidía establecerse, pero la gran mayoría continuaba, generación tras generación, moviéndose por la galaxia. Un colono no tenía hogar, pero siempre tendría una casa. Horus Prime, no tenía atmósfera propia —no había sido terraformada— pero tenía su encanto. Eso le había parecido siempre a Bárbara, que había pasado veinticinco de sus treinta años allí.

     Bárbara Ortiz era la subjefa de seguridad de la colonia y sería la última en abandonarla. Solo quedaban ella y Rotson, un androide de defensa de la Junta Colonial. Ambos se habían quedado a custodiar un pequeño conteiner que sería recogido por un transporte especial. A Bárbara no le habían contado qué había en su interior ni ella había preguntado. Aceptar aquella misión le suponía la posibilidad de elegir su próxima colonia de destino y no tener someterse a sorteo. Quería ser madre y que sus hijos pudieran corretear al aire libre en una colonia con atmósfera. Al menos por unos años. Había elegido Siris Side, en Orión, que llevaba siete años en marcha y tenía playas y bosques. André, su marido, la esperaba en la estación MOAC-8392 para partir juntos a aquella colonia idílica.

     Al principio, dos meses le pareció poco tiempo, pero la soledad en la moribunda Horus Prime pronto se le hizo insoportable. Veinte mil personas habían desaparecido y las cubiertas eran todas espacios diáfanos. Había que hacer un esfuerzo para ubicar bien dónde había estado cada cosa. Bárbara recurría a proyecciones holográficas cuando daba sus paseos para olvidarse de que, en realidad, caminaba por explanadas vacías. No quedaba nada tras ninguna compuerta ni al salir de ningún ascensor. Tan solo pequeños montones de basura y objetos inservibles. Paseaba todos los días y se paraba en lugares como el instituto, la academia o el pub de Re´emsi. Los únicos lugares a los que nunca iba eran el hangar tres —le habían ordenado no acercarse al container— y la cubierta forestal, puesto que, al no haber ya tierra y tener el suelo plano y duro, la experiencia holográfica no resultaba satisfactoria. También frecuentaba el apartamento ochocientos ochenta y seis, que había sido su hogar antes de casarse. Allí solía sentarse en el suelo a mirar fotos y videos en su UD. Echaba mucho de menos a sus padres y a sus hermanas, pero así era la vida de los colonos. Los núcleos familiares no se dividían, pero había que crear otros nuevos. Ya cuadrarían vacaciones para verse en un punto intermedio y harían holollamadas habitualmente, como con los abuelos.

     Rotson permanecía siempre en el antiguo centro de control, atento por si el transporte se adelantaba y vigilando sin descanso las cámaras del hangar tres. Nunca salía de allí, ni siquiera para acompañar a Bárbara mientras comía o daba alguna de sus rondas. Si tenía que decirle algo, se lo decía por megafonía o llamándola a su UD. A Rotson le daba igual la soledad, propia o ajena. Los androides de la Junta no eran empáticos, como sí solían serlo los locales; tampoco eran buenos conversadores y solo se preocupaban por el trabajo. Bárbara había tratado de hablar con él en más de una ocasión, pero siempre había resultado grosero y cortante. Era sin duda la peor de las compañías y la subjefa había terminado por pasar días enteros evitándolo.

     Las semanas parecían no acabarse y cuando al fin lo hacían, otra comenzaba. Bárbara deseaba que ocurriera cualquier cosa que rompiera su soporífera rutina. Que apareciera un carguero que no se hubiera enterado de que la colonia había sido clausurada, o unos Testigos de Jehová, o un pelotón de comerciales de distintas compañías… Lo que fuera que le impidiera seguir caminando sola por aquellas calles y pasillos fantasmales. Podría ocurrir algún accidente, como que la cúpula de la cubierta forestal colapsara por falta de presión interna o que se agujereara por una lluvia de micrometeroides, ahora que no disponían de ninguna defensa. Pero no pasó nada, cada día fue exactamente igual al anterior.

     —Subjefa Ortiz, incorpórese a su puesto. El transporte acaba de salir del hiperespacio —comunicó un día al fin Rotson.

     Bárbara se levantó de golpe de la cama. La felicidad la inundaba y comenzó a canturrear mientras se ponía el uniforme. Se recogió el pelo en una coleta y se aseguró de tener buen aspecto mirándose en el espejo.

     —Subjefa Ortiz…

     —¡Que estoy llegando! —cortó la mujer enfadada al androide.

     —Pero, subjefa…

     —¡Que ya voy!

     Bárbara terminó de prepararse y salió a paso apresurado. En un par de minutos llegó al centro de control, en el que, al igual que el resto de la colonia, se lo habían llevado casi todo. La inmensa pared que antes estaba cubierta de pantallas ahora estaba vacía, pero quedaban marcas negras rectangulares, huellas del pasado. Por algún rincón asomaban cables deshilachados y, a pesar del gran ventanal al exterior tras la tarima del puesto de mando, todo estaba en penumbra. De pie, en el único puesto que conservaba su equipo informático, se encontraba Rotson de brazos cruzados, mirando la pantalla, aparentemente impasible, mientras una luz rojiza parpadeaba, iluminándolo.

     —¿Y bien? —preguntó Bárbara con autoridad.

     —El transporte está siendo atacado por piratas —replicó Rotson sin mirarla ni cambiar de postura.

     —¿Cómo? ¿Por qué no estás haciendo nada?

     —No hay nada que podamos hacer, ya no tenemos defensas.

     —Pues los van a abordar y, en cuanto descubran que no traen ninguna carga, bajarán a ver qué venían a recoger. De nada le ha servido a la Junta esperar a que hubiéramos desmantelado para no llamar la atención —protestó Bárbara.

     Cuando la mujer mencionó a la Junta, Rotson se giró hacia ella y la miró a los ojos.

     —Defenderemos la colonia de cualquier ataque, para eso estamos usted y yo aquí.

     —No he dicho lo contrario —respondió Bárbara ofendida y mientras apagaba la alarma luminosa.

     —Si sus fuerzas nos superan, usted podría huir, pero los privilegios de su nuevo contrato serían cancelados.

     —Claro, serías tan cabrón de chivarte —dijo la mujer a sabiendas de que el androide no apreciaría el matiz.

     —Usted y yo servimos a la Junta Colonial. Si yo eludiese mis responsabilidades, haría bien en notificarlo a la central.

     —Lo que voy a decirle a la Junta es que te reprogramen, eres imbécil profundo.

     —¡Y usted una fascista reprogramadora!

     Mientras discutían, el transporte fue abordado. Bárbara se marchó sin mediar palabra para cambiarse y coger su arma. Le dio igual que Rotson pensase que iba a usar el jet que tenía a su disposición para ir a MOAC-8392. Ya vería por las cámaras que no era así. No pensaba renunciar a Siris Side por un puñado de paletos de asteroide y, además, Horus Prime seguía siendo su colonia, todavía era su responsabilidad. Su motivación era mayor que los sentimientos programados de Rotson hacia la Junta.

     De nuevo en su camarote, se puso las protecciones, cogió su arma y corrió de vuelta. A mitad de camino las pocas luces que quedaban se apagaron de golpe al mismo tiempo que se escuchaba un estruendo que hizo templar a toda la colonia.

     —¿Rotson? —inquirió Bárbara por su UD.

     —No sé cómo lo han hecho, pero lo han apagado todo menos el sistema de soporte vital —respondió al instante el androide.

     Aquello no pintaba bien; no sabrían cuántos eran ni por dónde entrarían. Bárbara y Rotson ya no tendrían tantas posibilidades.

     —Reúnete conmigo en el pasillo C y vayamos corriendo al hangar tres —dispuso la mujer.

     Bárbara esperaría al androide, prefería moverse con la ayuda de su visión nocturna. Tenía la sensación de que los piratas sabían perfectamente a qué venían, y dónde estaban ella y Rotson. No debían ser los típicos piratas zoquetes que atacaban colonias creyendo superar o eludir sus defensas. Quizás habían estado siguiendo al transporte por el hiperespacio.

     Una de las compuertas del pasillo se abrió, la contraria a por la que debería aparecer el androide. Bárbara se agazapó y apuntó a la negrura. Hubo un fogonazo, sintió que algo le golpeaba la cabeza y cayó inconsciente al instante.

     Cuando volvió en sí, no supo cuánto tiempo había pasado. Podían haber sido horas o minutos. Descubrió que estaba en el hangar tres, tirada en el suelo con las manos atadas a la espalda. Le dolía todo el cuerpo. A diez metros de ella había un grupo de cinco piratas, todos hombres, barbudos y desaliñados. Habían colgado lo que quedaba de Rotson —el torso y la cabeza— de un cabrestante y uno de ellos tecleaba en un pequeño aparato conectado al pecho del androide. Saltaba a la vista que eran piratas ordinarios, de aspecto cavernícola y crueles hasta con las vidas artificiales.

     —¡Ahhhhhhh! —gritó Rotson.

     —¿Veis? Os dije que podía hacer sufrir a este hijo de puta —dijo triunfante el pirata más viejo.

     —Aun así no nos dirá nada. Muy divertido, pero no soluciona nuestro problema —replicó el que tenía más porte y empaque, sin duda su líder.

     El primer pirata frunció el ceño y giró una rueda del aparato. Rotson gritó con más fuerza y todos, salvo el capitán, se rieron a carcajadas. Bárbara trató de girarse disimuladamente para ver si encontraba algo con lo que cortar la brida con la que la habían atado. Al moverse sintió una terrible punzada en su mano izquierda y dio un respingo. Casi se une a Rotson gritando. Uno de los piratas de los que no habían dicho nada aún, el más grande y con más pinta de bruto, se percató de que la mujer ya estaba consciente y fue hacia ella dando grandes zancadas. Bárbara trató de incorporarse nerviosa y el pirata, sin mediar palabra, le propinó un puñetazo que la hizo volver al suelo y casi la deja inconsciente de nuevo. Luego la agarró por los hombros, la levantó y la zarandeo como si fuera un muñeco de trapo.

     —¿Cuál es la clave del container? —preguntó aquella mala bestia.

     Rotson dejó de gritar. Su existencia finalizó, pero pocos se dieron cuenta.

     —No… no lo sé —dijo Bárbara tras escupir sangre mientras trataba de enfocar la mirada. La mano izquierda y la mejilla le dolían a rabiar, y se sentía mareada.

     —¿Y qué hay dentro? —siguió interrogando el pirata al tiempo que el presunto capitán se le acercaba por la espalda.

     —Pues si no lo sabéis vosotros que habéis venido a robarlo… —comenzó a decir desafiante bárbara. El pirata la tiró contra el suelo y alzó el brazo para volver a golpearla. El otro hombre lo agarró en el último instante, haciéndolo girar sobre sí mismo, a pesar de ser mucho menos corpulento.

     —¡Que no pegues, coño! Todo el día pegando, como su madre —le recriminó agarrándolo por la muñeca. Lo soltó y le dio un bofetón que resonó por todo el hangar.

     —¡Pero, papá! —protestó el gigantón, agarrándose la mejilla y mirando al resto de piratas.

     El capitán y padre pirata cogió de la oreja a su hijo y volvieron con el resto. Se pusieron a susurrar creyendo que la mujer no lograría oírlos, sin embargo, sí los oía. Estaban de acuerdo en que interrogarla era una pérdida de tiempo; si el androide, que era de la Junta Colonial, no tenía la clave, ella tampoco la tendría. La mantendrían con vida hasta abrir el container porque no sabían qué contenía. Si fuese algún mineral extraño, ella tendría que ayudarles a identificarlo y a tasarlo. Luego se divertirían con ella y la matarían. Hablaron de quemar la cerradura con ácido, una técnica que les había ido bien en otras ocasiones y mandaron a Gulf, el hijo del capitán, a por el líquido corrosivo y por la elevadora gravitacional, para transportar el container o lo que hubiera dentro a su nave.

     —Al final tenías razón, viejo, algo se traían entre manos estos cabrones y solo había que esperar —dijo el capitán al pirata más anciano, el que había estado torturando a Rotson.

     —Claro que sí. Había que atacar una última vez esta colonia de mierda y saldar cuentas; me quitaron una pierna, la nave y a tu hermano, pero ahora estamos aquí, arrebatándoles su tesoro más secreto, ¡que se jodan! —el viejo pirata miró su pierna artificial, la derecha, y le dio orgulloso unas palmadas.

     —Tenemos que borrar todo rastro de nosotros. Sea lo que sea, nos pondrá en los más buscados de la Junta y se nos echarán encima todos los cazarrecompensas, incluso la FSP —dijo el curtido capitán y levantó la barbilla, haciendo un gesto a los otros dos piratas, que salieron rápidamente del hangar.

     Minutos después, todos prestaban atención a las gotas de ácido que caían sobre los puntos precisos de la cerradura. La mayoría contenía la respiración. Bárbara pensó que era el momento de hacer algo. Si lograba llegar hasta su jet, podría escapar y, tal como se había desarrollado la situación, no podrían culparla ni anular lo de Siris Side.

     Ya había inspeccionado su alrededor de sobra, no había nada que pudiera utilizar, no había nada de nada. Sabía que lo que le dolía en la mano era el pulgar, que se le había roto, y lo forzó para poder sacarse las ataduras. Las lágrimas se le saltaron de los ojos y abrió la boca todo lo que pudo, pero consiguió que aquel grito fuera sordo. Consiguió liberar sus manos mientras los piratas seguían a lo suyo. Miró a Rotson y sintió pena por el final que había tenido. No le caía bien, pero aquello había sido una salvajada. Se puso en pie y comenzó a alejarse sin que nadie le prestara atención. A los pocos segundos los piratas comenzaron a festejar que habían abierto la cerradura. Bárbara sintió curiosidad por saber qué había finalmente en el container, pero sabía que cada instante contaba, debía darse prisa. No solo no se detuvo, si no que se atrevió a acelerar. Entonces los oyó gritar, pero no eran gritos de alegría. Esta vez no pudo evitar girarse.

     La mujer descubrió horrorizada que unos tentáculos blanquecinos, venosos y fluctuantes habían salido del container y les habían atravesado el pecho a tres de ellos. Gulf y su padre corrían despavoridos hacia Bárbara, pero enseguida surgieron otros tentáculos que los atraparon, ensartándolos por la espalda. Bárbara observó estupefacta cómo se fundían alrededor de sus víctimas, formando crisálidas gelatinosas. Del container salió el resto de  aquel ser, una masa inmunda blancuzca y viscosa. Sus extensiones comenzaron a retrotraerse, agrandando su tamaño central hasta albergar en su interior los cuerpos de los cinco piratas. Parecía un cerebro deforme y gigante en continuo movimiento, o unos intestinos. Bárbara seguía petrificada cuando aquella masa convulsionó y lanzó algo fuera de sí que acabó a los pies de la mujer. Instintivamente dio un paso hacia atrás, pero no fue capaz de salir corriendo. Aquel ser había escupido los restos de los piratas, sus huesos con la ropa puesta, empapados en babas, incluida una pierna biónica que hizo un estruendo al caer.

     La enorme babosa deforme comenzó a arrastrarse lentamente hacia Bárbara, a la que seguían sin responderle las piernas y sentía el rápido palpitar de su corazón por todo el cuerpo. No la habían adiestrado para enfrentarse a algo así, la humanidad nunca se había encontrado otras formas de vida ni mucho menos monstruos alienígenas primigenios. Cerró los ojos con fuerza, aunque al poco los volvió a abrir. La repulsiva masa se había detenido. Volvió a convulsionarse y a pesar de que se abrió de nuevo, esta vez no expulsó nada, salvo aire. Realizó un grotesco ruido, como si de un eructo se tratase, y volvió a cerrarse sobre sí misma. Reptó entonces al container y se encerró dentro.

     Bárbara pudo reaccionar al fin y se fue corriendo al jet, mirando constantemente hacia atrás. Ya en el vehículo de escape, vio que Rotson había comunicado a la Junta que habían sido atacados y sobrepasados. La respuesta de la Junta había llegado poco después: en apenas una semana llegaría un destacamento de marines coloniales. La subjefa no pensaba esperarlos, no con aquello suelto.

     Aquella ya no era su colonia ni la de nadie; en el momento en que Bárbara la abandonase ya no quedaría ningún ser humano en ella. Era la guarida de un monstruo, siempre lo había sido. Aquella inhóspita luna era responsabilidad de los marines ahora. Escribió un mensaje para la central y saltó al hiperespacio, quedando incomunicada, rumbo a MOAC-8392.

     «Container comprometido. Única superviviente evacuada. Horus Prime ya no existe».