Género: FANTASÍA URBANA. Año: 1.998. Palabras: 2.593. Tiempo de lectura: 10 minutos a 250 ppm. Ilustración: Javier Sánchez, 2020.

Sinopsis: Kike celebra haber acabado el instituto cuando empieza a tener alucinaciones.


*II Premio de Relato corto del I.E.S. Castillo de Luna (1.998).


*Publicado en el libro recopilatorio Relatos de la Mugre (2.003).

*Publicado en la novela corta Nunca nadie sabrá nada de nosotros, como capítulo 1º (2.009).

*Publicado en el fanzine Er Bisho nº5 (1.998).

*Publicado en el fanzine Grita! nº1 (1.998).

*Publicado en el fanzine El Melocotón Mecánico nº2 (1998).


©Héctor Espadas


¡Ven conmigo!

     Vomité. No sé cuántas veces lo había hecho ya, pero sabía que si lo hacía otra vez me iba a quedar sin una gota de líquido en mi cuerpo. Limpié mi boca con la manga de la cazadora e intenté mantenerme en pie. Me sentía como un cuerpo celeste con sus movimientos de translación y de rotación. ¿Era el suelo el que se movía o era yo? Perdí el equilibrio, sentí cómo reventaban las pequeñas venas de mi nariz y allí me quedé entre vómitos y sangre.

     ¿Qué coño estaba pasando? Lo que se suponía una celebración por haber terminado COU ya no lo era. Me había dado cuenta de que mi vida no sería la misma. Dejaría atrás lo que fue mi segunda casa durante casi seis años y también a muchos amigos. Unos continuarían en el instituto, otros se pondrían a trabajar y los demás se matricularían en distintas universidades. Sabía que con el paso del tiempo perdería el contacto con ellos y que quizás no los volvería a ver. Conocería gente nueva, pero nunca podrían reemplazar a aquellos amigos con los que me había emborrachado por primera vez y con los que había hecho tantas cosas. Junto a ellos, el mundo y sus problemas me importaban un carajo, sin embargo, ahora los problemas del mundo iban a ser los míos también. Iba a dar el primer paso para convertirme en adulto. Tendría que estudiar una carrera y luego conseguir trabajo. Tendría que luchar, esforzarme al máximo por conseguir los mejores resultados y dedicar gran parte de mi vida, si no toda, a conseguirlos. Siempre estaría preocupado. Ganarme la vida: eso era lo que tenía que hacer. Pero ¿acaso no me había ganado la vida al nacer? ¿Por qué tenía que ganarme el derecho a vivir? No comprendía al mundo, no comprendía sus estúpidas normas, no comprendía nada.

     Me di cuenta de que, poco a poco, el concepto de libertad se había extirpado de mi mente. Por más que la libertad implique actuar libremente y sin normas ajenas, convivir en sociedad requiere normas, o al menos así lo creen todos. Por lo tanto, la libertad de una persona empieza donde acaba la de otra. En el momento en el que entras en contacto con una comunidad, una sociedad o, simplemente, con otra persona, pierdes libertad. Cuantos más seamos menos libertad tendremos. En aquel momento lo asimilé: nunca había sido ni sería libre. La libertad era algo imaginario. Solo sirve para darnos falsas esperanzas y alimentar más aún nuestra innata hipocresía. La realidad es bruta y la vida puta.

     Mientras pensaba perdí el conocimiento.

     No sé si seguía inconsciente o estaba teniendo una alucinación. El caso era que delante de mí estaba Robe Iniesta. ¿Qué cojones hacía el cantante de Extremoduro liándose un peta allí? Me incorporé y lo observé. Canturreaba una canción. Me miró e hizo una mueca, una especie de sonrisa cómplice. Me dio la impresión de que había escuchado mis pensamientos y venía a aclararme las cosas.

     —¿Cómo estás, chaval?

     Fenómeno, yo esperando respuestas y él me hacía una estúpida pregunta, ¿es que no me veía tirado por los suelos? De repente me vino a la cabeza una de sus canciones a modo de respuesta. No dije nada, aunque él escuchó mis pensamientos, me escuchó claramente porque me miró y asintió.

     —Así es, colega… Por lo menos hay alguien que me oye —dio unas caladas al peta y me lo pasó. Parecía que íbamos a entablar una conversación filosófica de fumetas, pero me dio la espalda y comenzó a andar. En sentido contrario venían algunos de mis colegas hasta arriba de güisqui. Cuando parecía que se iban a chocar con Robe, lo atravesaron como si se tratase de un fantasma. Al alejarse unos metros de donde yo estaba se giró sobre sí mismo, soltó una carcajada y continuó su camino cantando con su voz ronca y desgarrada. «Me estoy quitando…».

     Supuse que me estaba volviendo loco porque el porro seguía en mis manos. Se lo pasé a alguno de mis amigos. Hablaban sin parar y se reían continuamente. Decidí no contarles lo de Robe.

     Volví a vomitar, pero esta vez no eran mis entrañas.  Lo que estaba vomitando eran recuerdos, imágenes, sentimientos, voces… Todo lo que había sido mi asquerosa vida sin sentido. Nada tenía importancia. No había puntos donde apoyarse o dejarse caer. Me encontraba fatal y, en vista de que no me levantaba, mis amigos me pusieron en pie y me llevaron casi a rastras a otro bar. Por el camino tropezamos con un puesto callejero de perritos calientes. Sin pensármelo dos veces saqué la última moneda que me quedaba y me pedí uno.

     Diez minutos después estaba en condiciones de seguir bebiendo. Güisqui con seven-up, güisqui con coca-cola, martini con limón, vodka con naranja, chupitos de tequila… Alguien contaba chistes y yo no podía parar de reírme. Entonces la vi y se me quitaron las ganas de juerga.

     Allí estaba el amor de mi vida, la flor más bella del Jardín Salvaje; menos de sesenta kilos comprimidos en un metro setenta. Su mirada verdosa se posó en mí y su cara adoptó una tonta expresión de sorpresa, pero hasta la expresión más tonta la hacía parecer la más guapa del baile. Desapareció entre la lluvia de gente y yo, como un tonto sin zapatos, me quedé pensando en ella. Tras trescientos sesenta y cinco días de desesperada espera, sólo había conseguido que compartiese conmigo dos asquerosos meses de su vida. Dos puñeteros meses y me dejó tirado. No me dio ninguna razón, simplemente me dijo algo así como: «apaga y vámonos». Cada vez que la veía me ponía malo. Me encantaba verla tocarse una y otra vez su cabello negro recogido en una coleta y cómo se mojaba con la lengua sus labios de color sangre. Cruzarme con ella por primera vez fue para mí como el amanecer de mi vida y ahora que no estaba me sentía como la luna.

     Mi vida era una enorme masa de mierda. Estaba asqueado de mi inútil existencia. La familia, los estudios, el amor… Todo me salía mal. Nadie comprendía mis sentimientos y, cuando alguien ya mayor me escuchaba, decía que era la adolescencia, que ya pasaría, y me daba una palmadita en la espalda. Yo no quería pasarla, no quería volverme como ellos. Se acostumbraban a no tener respuestas y dejaban de intentar buscarlas. ¡Jodidos cabrones! Era lo más cómodo: convertirse en pez y seguir la corriente del río. Recibir órdenes y cumplir leyes. Eso era la vida, quizás fuese lo mejor. Sin embargo, yo no podía parar de cuestionarlo todo y de sentirme cada vez peor. ¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué? Me sentía como en un examen, solo preguntas, ninguna respuesta. Intentaba copiar del de al lado, pero su examen también estaba en blanco. El del otro lado igual, y el de atrás, y el de delante. ¡Joder!, la única forma de conocer las respuestas sería entregar el examen y mirar en algún libro. Entregar el examen. ¿Entregar la vida? Sí, eso era. De todas formas, estaba suspenso.

     Sentí una fuerte presión en la vejiga y fui al meadero. Después de descargar metí la cabeza debajo del grifo y cuando la saqué allí estaba Robe de nuevo. Lo miré y él me miró. Vi la tristeza de mis ojos reflejada en los suyos y otra vez se me vino a la cabeza la canción. Robe sacó del bolsillo de atrás de sus desgastados vaqueros un folio doblado en cuatro partes y me lo entregó, era una especie de carta:

     A quien pueda interesarle:

     Me voy, me piro. Adiós a todos, ya no aguanto más. Estoy cansado de vivir. Me levanto todos los días preguntándome para qué y me jode saber que para nada. Estoy harto de tener que aguantar normas y de ser el último mono de este mundo. Estoy harto de besar labios que sólo besan por besar. Estoy harto de hacer colas y llamar a puertas que nunca se abren. Estoy harto de mirarme al espejo y no verme.

     Estoy cansado, agotado y sobre todo aburrido. Estoy harto de la vida. Estoy asqueado. No soy nadie, no soy nada. Soy menos aún que eso. Iros todos a tomar por culo.

 

     No estaba firmada, aunque sabía que era mía. La había escrito semanas atrás, pero, como es de suponer, no había tenido huevos. Saqué el mechero y prendí fuego a la hoja. Las llamas la lamieron con violencia y arrancaron las letras de cuajo. Una minúscula lluvia de ceniza cayó sobre el suelo del cuarto de baño. Contemplé la cara de Robe. A la luz de las azuladas llamas su rostro adquirió una sonrisa. ¿Acaso era eso?, ¿acaso el final estaba cerca? El mío sí, por supuesto. Al principio creí que era mi ángel de la guardia y en realidad era mi ángel de la muerte. La rabia se apoderó de mí y le lancé un puñetazo con todas mis fuerzas sin saber por qué. Su cabeza se estrelló contra la pared y borbotones de sangre recorrieron su barbilla.

     —Desahógate, tío, desahógate —dijo el desgraciado. Y eso hice, seguí dándole de hostias hasta que me cansé.

     Dejé a Robe sangrando y salí del cuarto de baño. Mis colegas había abandonado el bar. Seguro que se habían olvidado de mí. Me marché y bajé la pequeña cuesta. Los busqué una y otra vez con la mirada. No estaban por ningún sitio. De repente, sentí un extraño verdor flotando en el ambiente que se concentró en dos circunferencias. Eran sus ojos, era ella de nuevo, y estaba mucho más cerca que antes. Podía notar el aire que salía de su boca y rozaba mis labios hasta corretear por mis sucios pulmones. Sentía sus pensamientos como susurros que no alcanzaba a oír. Me miró y me lo dijo todo con la mirada, con ella estaba su asqueroso compañero sentimental actual. Entonces sentí que verdaderamente la quería, que la quería más que a nada en el mundo. Lo único que me importaba era ella. Sólo ella, por mí podía explotar una bomba nuclear que acabase con el resto de los mortales. ¡Boom!, y al carajo todo. La besé. Sentí el tibio calor de sus labios y sus manos en mi pecho. No se resistió, al contrario. Éramos como dos llamas de fuego enlazadas a un mismo tronco. Pero alguien nos separó y me tiró al suelo. El gilipollas de su novio. Me levanté y fui hacia él. Cuando me di cuenta lo había noqueado. La gente empezó a amontonarse y alguien dijo que la policía iba a llegar de un momento a otro. Salí corriendo. La carrera aceleró aún más los efectos del alcohol. Antes de irme me arranqué el corazón y se lo entregué a ella.

     Corrí como nunca lo había hecho. La gente se apartaba al ver mis ojos desorbitados. Creí que la cabeza me iba a estallar y me detuve. Grité. Grité y grité hasta sentir que mis cuerdas vocales se habían estirado tanto que comenzaban a desgarrarse. Sentí cómo se rompían y quedaban colgando en el interior de la garganta.

     —La,la,la… —alguien cantaba, sin duda era el demonio de Robe. Allí estaba el cabrón, sentado en un banco mientras una enfermera le cosía la raja de la cara que yo le había hecho antes. Me volví loco del todo. Me agarré de los pelos y tiré con todas mis fuerzas intentando arrancarme la cabeza para no tener que pensar. Ojalá lo consiguiese, ya me había arrancado el corazón para no tener que amar. Pero no podía dejar de pensar.

     Llegué al pequeño acantilado. Ya no podía más. Saqué mis llaves y con una de ellas rasgué mi muñeca izquierda con fuerza y con locura. El dolor era insoportable, pero duró poco. Un hilillo de sangre llegó al suelo. Insatisfecho y desquiciado, hice lo mismo con la otra muñeca.

     Ya no era un hilillo de sangre, eran dos chorros que correteaban por las rocas y caían al mar. Trozos de carne colgaban de mis muñecas. Empecé a perder la sensibilidad y caí de rodillas. Ya no tenía fuerzas. Lentamente amaneció. Mientras intentaba ver el nacimiento del puto sol, comenzó a llover y dos figuras aparecieron a mi lado. Robe y ella. Ella y Robe. Robe encendió un cigarrillo y ella se acercó a mí. Me cogió las manos y me habló con la mirada. Estaba igual que yo, igual de jodida. Me dijo que me quería y que iría conmigo a donde yo fuera, ¿pero a dónde iba yo? A la muerte, a ese lugar en el que cuando llueve no te mojas y puedes tocar las estrellas sin quemarte. Donde el aquí y el ahora no importan. A descansar.

     —Ven conmigo —le musité con las pocas fuerzas que me quedaban.

     Robe tiró al suelo una cuchilla, ella no lo veía a él, pero sí vio la cuchilla. La cogió con rapidez y sin pensárselo dos veces se hizo sendos tajos en sus suaves muñecas. Lágrimas empañaron su mirada y sus confusos pensamientos. Su sangre se mezcló con la mía, su alma se mezcló con la mía, su saliva se mezcló con la mía. Me abrazó y por primera vez en mi vida me sentí bien. Allí, los dos solos, rodeados de silencio. No hacían falta las palabras para comunicarnos. Ella era yo y yo era ella, muertos en vida y vivos en la muerte.

     Me di cuenta de que nada duraba para siempre, de que nada es eterno. Ni siquiera la muerte pues, con el paso de extraños eones, incluso la propia muerte puede llegar a morir. ¿La vida es sueño? No. La vida es una perra pesadilla en la que sólo los desgraciados que se paran a pensar se percatan de ello. Robe escuchó mis pensamientos.

     —En este mundo de locos cada vez quedan menos cuerdos y todavía hay quien se empeña en llamarles locos.

      ¿Tendría razón? ¿Acaso era yo de los pocos que no estaban locos en este puto planeta? Ya me daba igual, estaba a punto de irme y ella vendría conmigo.

     Sentí una punzada en el corazón y un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Ya estaba muerto, pero seguía consciente. Robe nos miraba y vi cómo se le formaba un nudo en el estómago que le subió rápidamente a la garganta. Él también se volvió loco —¿o cuerdo?—. Los ojos brillaron y las venas de su cuello se hincharon. Apretó los puños y los dientes con fuerza. Empezó a sudar y a sudar.. Parecía que iba a estallar en mil pedazos. Retrocedió unos pasos, cogió carrera y se lanzó velozmente hacia el borde del precipicio. Cuando llegó, dio un salto como si intentase tocar el cielo. No lo hizo y mientras caía le oí gritar algo. Era su canción, la que respondía a su pregunta. Así, sin música parecía un poema. Un poema de despedida. Todo se volvió oscuro y dejé de pensar. Ya estábamos muertos los tres. Ella, Robe y yo. Yo, Robe y ella. «¿Cómo estás, chaval?».

¿Y qué le importa a nadie cómo está mi alma?.

Más triste que el silencio y más sola que la Luna.

¿Y qué importa ser poeta o ser basura?.